lunes 3 de agosto de 2009

BUKOWSKI


Bares:

"Ya no voy mucho a bares. Saqué eso de mi sistema. Ahora, cuando entro a un bar, siento náuseas. Estuve en demasiados, es apabullante. Son para cuando uno es más joven: todo eso de irse a las manos con un tipo, hacerse el macho, levantarse minas. A mi edad, ya no lo necesito. Hoy sólo entro a los bares para mear. A veces cruzo la puerta y empiezo a vomitar".

El alcohol:

"El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... Entonces el alcohol me gusta, cómo no".

Fumar:

"Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes. Y me preguntaba: '¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?'".

Pelear:

"La mejor sensación es cuando golpeás a un tipo que no se supone que puedas golpear. Una vez me metí con un tipo, me estaba insultando. Le dije: 'Bueno, adelante'. No tuve ningún problema, le gané la pelea fácilmente. Estaba tirado en el piso. Tenía la nariz ensangrentada. Me dijo: 'Jesús, te movés siempre tan lentamente que pensé que serías fácil. Y cuando empezó la condenada pelea, ya no podía ver tus manos, te volviste tan rápido. ¿Qué pasó?'. Le dije: 'No sé, hombre. Así son las cosas. Uno ahorra para cuando tiene que usarlo'".

Los gatos:

"Es bueno tener un montón de gatos alrededor. Si uno se siente mal, mira a los gatos y se siente mejor, porque ellos saben que las cosas son como son. No hay por qué entusiasmarse y ellos lo saben. Por eso son salvadores. Cuantos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tenés cien gatos, vivirás diez veces más que si tenés diez. Algún día esto será descubierto: la gente tendrá mil gatos y vivirá para siempre. Realmente es ridículo".

Las mujeres y el sexo:
"Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria... Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. '¿Adónde vas?', te gritan. '¡Me voy a la mierda, nena!'. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es 'un cerdo macho chauvinista', pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema".

La primera vez:

"Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo de que me decía: 'Hank, sos un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres'. '¿Qué querés decir? Estuve con un montón de mujeres.' 'No, no sabés nada. Dejame enseñarte algunas cosas.' Le dije que bueno y ella: 'Sos buen estudiante, entendés rápido'. Eso fue todo. (Está un poco avergonzado. No por los detalles sino por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero... Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo hacés".

El sexo antes del sida (y su casamiento):

Yo nada más entraba y salía de entre las sábanas. No sé, era como un trance, un trance de coger. Y las mujeres... uno les decía algo, las tomaba de la muñeca, 'vamos, nena', las guiaba hasta el dormitorio y se las cogía. Cuando uno entra en el ritmo, sigue adelante. Hay un montón de mujeres solitarias allá afuera. Son lindas, pero no se saben conectar. Están sentadas solas, van al trabajo, vuelven a la casa... es algo maravilloso para ellas que un tipo se les aparezca. Y si se sienta cerca, bebe y habla, es entretenimiento. Estuvo bien, tuve suerte. Las mujeres modernas... no te cosen los botones".

Escribir:

"Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: '¿Le gusta violar a niñitas?'. Dije: 'Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida'. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga pitada a su cigarrillo.) Es así. La pitada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga... la magia".

La poesía:

"Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra 'poeta' o 'poesía', todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver por qué: es un producto falso. Ha sido falso y snob y endogámico por siglos. Es ultradelicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos, la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li Po. Podía poner más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y bebía vino también. Solía quemar sus poemas, navegar por el río y beber vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos. Lo que yo quise hacer, si me disculpa, es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza".

Céline:

"La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerle y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Casi te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también".

Shakespeare:

"Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan".

Su material de lectura favorito:

"Leí en el The National Enquirer una nota titulada '¿Es su marido homosexual?'. Linda me dijo: '¡Tenés voz de puto!'. Yo dije: 'Oh, sí, siempre me lo pregunté'. Ese artículo decía: '¿Su marido se depila las cejas?'. Y yo pensé, mierda, lo hago todo el tiempo. Ahora sé lo que soy. Me depilo las cejas, soy un puto. Es muy amable de parte de The National Enquirer decirme lo que soy".

El humor y la muerte:

"El último gran humorista era un tipo llamado James Thurber. Pero su humor era tan magnífico que tuvieron que ignorarlo. Este tipo era, podría decirse, un psiquiatra de las edades. Tenía algo ambiguo, hombre-mujer, veía cosas. Era sanador. Su humor era tan real que uno gritaba de risa, era como una liberación frenética. Aparte de Thurber, no puedo pensar en nadie... Yo tengo algo de humorista, pero no como él. No llamo humor a lo que tengo, lo llamo un 'filo cómico'. Estoy colgado en eso. Casi todo lo que pasa es ridículo. Cagamos todos los días. Eso es ridículo, ¿no te parece? Tenemos que seguir meando, poniendo comida en nuestras bocas, nos sale cera de los oídos. Tenemos que rascarnos. Cosas feas y tontas, ¿o no? Las tetas no sirven para nada, salvo...".

Nosotros:

"La verdad es que somos monstruosidades. Si pudiéramos vernos, podríamos amarnos, darnos cuenta de lo ridículos que somos, con nuestros intestinos retorcidos por los que se desliza lentamente la mierda mientras nos miramos a los ojos y decimos: 'Te amo'. Nos carbonizamos y producimos mierda, pero no nos tiramos pedos cerca del otro. Todo tiene un filo cómico".

Ganar:

"Y después nos morimos. Pero la muerte no nos ha ganado. No ha mostrado ninguna credencial. Nosotros hemos mostrado todas las credenciales. Con el nacimiento, ¿nos ganamos la vida? No realmente, pero de seguro la hija de puta nos tiene atrapados... La muerte me provoca resentimiento, la vida también, y mucho más estar atrapado entre las dos. ¿Sabés cuantas veces intenté suicidarme? Dame tiempo, sólo tengo 66 años. Sigo trabajando en eso. Cuando uno tiene tendencias suicidas, nada lo molesta, excepto perder en las carreras de caballos. ¿Por qué será? A lo mejor porque uno usa su mente en las carreras, no su corazón. Pero nunca cabalgué. No estoy muy interesado en el caballo sino en el proceso de acertar o no, selectivamente".

Las carreras:

"Traté de ganarme la vida con las carreras por un tiempo. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: 'Esto es una locura total'. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar".

La gente:

"No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si mirás mucho a otra persona, te empezás a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido. Estoy mintiendo pero, creeme, es verdad".

La fama:

"Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor".

La soledad:

"Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: 'Los hombres más fuertes son los más solitarios'. Nunca pensé: 'Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a garchar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien'. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: 'Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?'. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar".

El tiempo libre:

"Es muy importante tener tiempo libre. Hay que parar por completo y no hacer nada por largos períodos para no perderlo todo. Seas un actor o una ama de casa, cualquier cosa, tiene que haber grandes pausas en las que no hacés nada. Uno se tira en una cama a mirar el techo. Hacer nada es muy, muy importante. ¿Y cuánta gente lo hace en la sociedad moderna? Muy poca. Por eso la mayoría está totalmente loca, frustrada, enojada y odiosa. Antes de casarme, o de conocer a muchas mujeres, bajaba las cortinas y me metía en la cama por tres o cuatro días. Me levantaba para cagar y para comer una lata de porotos. Después me vestía y salía a la calle, y el sol brillaba y los sonidos eran maravillosos. Me sentía poderoso, como una batería recargada. Pero, ¿sabés qué me tiraba abajo? El primer rostro humano que veía en la vereda. Esa cara nomás me hacía perder la mitad de la carga. Esta cara monstruosa, sin expresión, tonta, sin sentimientos, cargada de capitalismo. Pero aún así valía la pena, me quedaba la mitad de la carga todavía. Por eso el tiempo libre es importante. Y no digo tomarse tiempo para tener pensamientos profundos. Hablo de no pensar en absoluto. Sin pensamientos de progreso, sin pensamientos sobre uno mismo. Sólo ser un haragán. Es hermoso".

La belleza:

"No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas... pero cuando las veo, es como mirar un plato de sopa".

La fealdad:

"No existe. Hay algo llamado deformidad, pero la simple fealdad no existe. He dicho".

Érase una vez:

"Era invierno, yo me estaba muriendo de hambre intentando ser escritor en Nueva York. No había comido en tres o cuatro días. Así que finalmente dije: 'Me voy a comer una gran bolsa de pochoclo'. Cada grano era como un churrasco. Tragaba y echaba pochoclo a mi estómago que decía '¡Gracias, gracias!'. Estaba en el paraíso, caminando por ahí, hasta que dos tipos pasaron a mi lado y uno le dijo al otro: '¡Jesús!'. El otro dijo: '¿Qué pasa?' '¿Viste a ese tipo comiendo pochoclo? Dios, era horrible.' Así que no pude disfrutar el resto del pochoclo. Pensé qué quisieron decir con eso de que 'era horrible'. Yo estaba en el paraíso. Supongo que era un poco cochino. Ellos siempre pueden distinguir a un tipo hecho mierda".

La prensa:

"Disfruto las cosas malas que se dicen sobre mí. Aumenta la venta de libros y me hace sentir malvado. No me gusta sentirme bien porque soy bueno. ¿Pero malo? Sí. Me da otra dimensión. Me gusta ser atacado. '¡Bukowski es desagradable!' Eso me hace reír, me gusta. '¡Es un escritor desastroso!' Sonrío más. Me alimento de eso. Pero cuando un tipo me dice que dan un texto mío como material de lectura en una universidad, me quedo boquiabierto. No sé, me aterra ser demasiado aceptado. Siento que hice algo mal".

El dedo:

(Levanta el dedo meñique de su mano izquierda) "¿Viste alguna vez este dedo? (El dedo parece paralizado en una forma de "L"). Me lo rompí una noche, borracho. No sé por qué, pero nunca se acomodó. Pero funciona perfecto para la letra 'a' de la máquina de escribir, y qué demonios, le agrega algo a mi personaje".

La valentía:

"A la mayoría de la gente supuestamente valiente le falta imaginación. Es como si no pudieran concebir lo que sucedería si algo saliera mal. Los verdaderos valientes vencen a su imaginación y hacen lo que deben hacer".

El miedo:

"No sé nada sobre eso".
(Se ríe.)

La violencia:

"Creo que, la mayoría de las veces, la violencia es malinterpretada. Hace falta cierta violencia. En nosotros hay una energía que necesita ser sacada. Creo que si esa energía es contenida, nos volvemos locos. La paz última que todos deseamos no es un área deseable. De alguna manera, no estamos destinados a eso. Por eso me gusta ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo las protagonizaba en mi juventud. A veces se llama violencia a la expulsión de energía con honor. Hay locura interesante y locura desagradable. Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros".

El dolor físico:

"Con el tiempo uno se endurece, aguanta el dolor físico. Cuando estaba en el Hospital General, un tipo entró y dijo: 'Nunca vi a nadie aguantar la aguja con tanta frialdad'. Eso no es valentía. Si uno aguanta suficiente dolor, uno cede. Es un proceso, un ajuste. Pero no hay forma de acostumbrarse al dolor mental. Me mantengo lejos de él".

La psiquiatría:

"¿Qué consiguen los pacientes psiquiátricos? Una cuenta. Creo que el problema entre un psiquiatra y su paciente es que el psiquiatra actúa de acuerdo al libro, mientras que el paciente llega por lo que la vida le ha hecho. Y aunque el libro pueda tener cierta perspicacia, las páginas siempre son las mismas y cada paciente es diferente. Hay muchos más problemas individuales que páginas. Hay demasiada gente loca como para resolverlo diciendo: 'Tantos dólares por hora, cuando suena el timbre terminamos'. Eso sólo puede llevar a una persona un poco loca a la locura total. Recién empiezan a abrirse y a sentirse bien cuando el psiquiatra dice: 'Enfermera, arregle la próxima cita'. Todo es asquerosamente mundano. El tipo está ahí para quedarse con tu culo, no para curarte. Quiere tu dinero. Cuando suena el timbre, que entre el siguiente loco. Ahora, el loco sensible se va a dar cuenta de que cuando el timbre suena, significa que lo cagaron. No hay límites de tiempo para curar la locura, y no hay cuentas para eso, tampoco. Muchos de los psiquiatras que yo he visto parecen estar al límite ellos mismos, además. Pero están demasiado cómodos. Creo que el paciente quiere ver un poco de locura, no demasiado. Ah, los psiquiatras son totalmente inútiles. ¿Siguiente pregunta?".

La fe:

"La fe está bien para los que la tienen. Mientras no me la tiren por la cabeza. Tengo más fe en mi plomero que en el ser eterno. Los plomeros hacen un buen trabajo. Dejan que la mierda fluya".

El cinismo:

"Siempre me acusaron de cínico. Creo que el cinismo es una uva amarga. Es una debilidad. Es decir: '¡Todo está mal! ¿Entendés? ¡Esto no está bien! ¡Aquello no está bien!'. El cinismo es la debilidad que evita que nos ajustemos a lo que ocurre en el momento. El optimismo también es una debilidad. 'El sol brilla, los pájaros cantan, sonríe.' Eso es mierda también. La verdad está en algún lugar entre los dos. Lo que es, es. Si no estás listo para soportarlo, joderse".

La moralidad convencional:
"Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta 'bondad', como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano... es esperanzador".

Sobre ser entrevistado:

"Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también".

martes 12 de mayo de 2009

BILL HICKS


Comediante Americano, particularmente popular entre los fanáticos de Tool luego de que tuvo una participación en la canción de Tool "Third Eye", pero también sirviendo como inspiración en muchas partes del álbum Ænima, incluida una aparición en una pintura del arte del disco, "Bill Hicks: Otro Héroe Muerto." Es conocido por su hilarante misantropía y su odio al consumismo.

[Extractos de Rutinas de Comedia]

“Ustedes saben que armamos a Iraq. Me pregunto también eso, saben, esos reportes de inteligencia que salían: "Iraq: armas increíbles – armas increíbles." ¿Cómo sabes eso? "Eh, bueno... miramos los recibos”."
[“Revelations”, 1990's]

“Estoy tan aburrido de armar al mundo y luego enviar tropas para destruir esas armas, ¿saben a lo que me refiero? Seguimos armando a estos pequeños países y luego vamos, y les volamos toda la mierda. Somos como los matones del mundo, saben. Somos como Jack Palance en la película Shane...Tirando una pistola a los pies de un pastor: "Levántala." "No la quiero levantar señor, usted me disparará." "Toma el arma". "Señor, no quiero ningún problema. Solamente bajé a la ciudad para conseguir algún caramelo para mis niños, y algún guingam para mi esposa. Ni siquiera sé cual guingam es, pero usa como 10 rollos semanales de esa cosa. No estoy buscando problemas señor." "Levanta la pistola." Boom, boom. "Todos ustedes lo vieron. Él tenia el arma”."
[“Revelations”, 1990's]

“¿Pueden creer que el mundo tiene 12 mil años? "Así es." Okay tengo una palabra que preguntarte, una pregunta de una palabra, ¿listo? "Uh huh." Dinosaurios. Sabes que el mundo tiene 12 mil años y que los dinosaurios existieron, existieron en ese tiempo, ¿creen que habrían sido mencionados en la Biblia en algún punto?. "Y así Jesús y sus discípulos caminaron a Nazaret. Pero el camino estaba bloqueado por un gigantesco brontosaurio... con una astilla en su pata: 'Que puta lagartija más grande, Señor!' Pero Jesús no tenía miedo y tomó la astilla de la pata del brontosaurio y la gran lagartija se convirtió en su amiga.“
[“Revelations”, 1990's]

"¿Fósiles de dinosaurios? Dios los puso ahí para probar nuestra fe." Gracias a Dios que estoy atado ahora mismo aquí, hombre. Creo que Dios te puso aquí para probar mi fe, amigo. ¿Puedes creer eso? "Uh huh." ¿Molesta eso a alguien aquí? La idea de que Dios pueda estar...¿jodiendo con nuestras cabezas? Tengo problemas para dormir con ese conocimiento. Un Dios bromista corriendo por ahí: "Hu hu ho. Ahora veremos quien cree en mí, ha HA."
[“Revelations”, 1990's]

La guerra contra las drogas, para mí, es absolutamente falsa; es obviamente falsa, ¿ok? Es una droga contra nuestros derechos civiles, esos es todo lo que es. La usan para que nos de miedo salir en las noches, miedo entre nosotros, para que nos encerremos en nuestras casas y ellos sigan suspendiendo nuestros derechos uno a uno.
[“Revelations”, 1990's]

¿Porqué la yerba es ilegal? No sería ilegal si es que nadie pudiera cultivarla, por lo tanto no le pueden sacar ganancias, ¿no es así?
[“Revelations”, 1990's]

Muchos Cristianos usan cruces alrededor de sus cuellos – ¿creen que cuando Jesús vuelva, él querrá volver a ver una puta cruz?
[“Revelations”, 1990's]

El mundo se parece a un paseo en un parque de diversiones. Va de arriba abajo, da vueltas y vueltas. Esto tiene emociones y frialdad y es intensamente coloreado, es muy ruidoso y es divertido, por un rato. Algunas personas han estado en este paseo por un largo tiempo y empiezan a preguntarse, ¿es esto real, o es sólo un viaje? Y otras personas han recordado, y se vuelven hacia nosotros, y dicen, "hey – no te preocupes, no tengas miedo, jamás, porque, esto es sólo un viaje..." Y nosotros... matamos a esas personas. Ha ha "Cállenlos." "Tenemos mucho invertido en este viaje. Cállalo. Mire mis arrugas de preocupación. Mira mi gran cuenta corriente y mi familia. Esto tiene que ser real." Es sólo un viaje. Pero nosotros matamos a esos buenos tipos que nos trataban de decir eso, ¿te has dado cuenta? Y deje a los demonios volverse locos. Jesús asesinado; Martin Luther King asesinado; Malcolm X asesinado; Gandhi asesinado; John Lennon asesinado; Reagan.... herido. Pero no importa porque: Es sólo un viaje. Y podemos cambiarlo cada vez que uno quiera. Es sólo una opción. Ni esfuerzo, ni trabajo, ni ahorros o dinero. Una opción, ahora mismo, entre el miedo y el amor.
Los ojos del miedo quieren que pongas cerraduras más grandes en tus puertas, que compres armas, que te cierres. Los ojos del amor, en cambio, nos ven a todos como uno. Esto es lo que podemos hacer para cambiar el mundo, ahora mismo, para un mejor viaje. Toma todo ese dinero que gastamos en armas y defensas todo el año, y en cambio, gástalo en alimentar, vestir y educar a los pobres del mundo, que muchas veces más, ningún ser humano será excluido, y podremos explorar el espacio, juntos, ambos exterior e interior, para siempre, en paz. Muchas gracias, han sido excelentes.
Efectos de sonido de tres disparos, Hicks pretende caer muerto, las luces bajan.
[“Revelations”, 1990's]

“Tienen que tener paciencia conmigo, estoy muy cansado, muy cansado de viajar, y muy cansado de hacer comedia, y muy cansado de mirar fijamente hacia sus caras vacantes que miran hacia mí, esperando que llene sus vacías vidas con humor que ustedes no pueden pensar por sí mismos. Buenas tardes.
He sido comediante por un largo tiempo, así que perdónenme si luzco una sonrisa falsa y hago esta mierda una vez más.
Soy un comediante y un poeta, así que para todo lo que no consigue una risa, hay un poema.“
[Inicio de una rutina]

“Tu negación está dentro de ti, y gracias al uso de las drogas alucinógenas, veo a través de ti.“

“Hoy, un joven que tomó ácido se dio cuenta de que toda materia es meramente energía condensada a una vibración más lenta. Que todos somos una conciencia experimentándose a sí misma. Que la muerte no existe, la vida es sólo un sueño y somos la imaginación de nosotros mismos. Aquí está Tom con el clima.”

“Mirar televisión es como pintar tu tercer ojo con pintura en spray negra.”

“Es realmente raro como cambia tu vida. Esta noche estoy tomando agua. ¿Cuatro años atrás? Opio. Día y noche, ¿sabes?”

“Nunca he visto a dos personas voladas pelear porque es una mierda IMPOSIBLE. "¡Oye, amigo!" "¿Oye, que?" "Ummmmmmm... " Fin del argumento.”

“Como ves, creo que las drogas han hecho cosas buenas por nosotros. Realmente. Y si tu no crees que las drogas han hecho cosas buenas por nosotros, hazme un favor. Ve a casa esta noche y toma todos tus álbumes, todas tus cintas y todos tus CDs y quémalos. Porque ¿saben como estaban los músicos que hicieron toda esa gran música que ha marcado sus vidas a lo largo de los años? RrrrrrrrrrrrrrrrrrEALMENTE volados con drogas... Los Beatles estaban tan putamente volados, que dejaron a Ringo cantar unas cuantas canciones.”

“Estuve en Nashville, Tennessee el año pasado. Luego del show fui a una Casa de Waffles. No estoy orgulloso de ello, estaba hambriento. Estoy solo, estoy comiendo y leyendo un libro, ¿cierto? La camarera camina hacia mí:
"¿Hey, para qué estás leyendo?"
¿No es esa la puta pregunta más rara que han escuchado? No que estoy leyendo, si no ¿para qué estoy leyendo? Bueno, maldición, ¡me dejaste perplejo! ¿Por qué leo? Bueno... hmmm... no sé... creo que leo por un montón de razones, y la principal es para que no termine siendo una puta camarera de waffles.”

“Aquí está mi punto final. Sobre las drogas, sobre el alcohol, sobre la pornografía y fumar y cualquier otra cosa. ¿Que les importa a ustedes lo que yo haga, leer, comprar, ver, decir, pensar, a quién fornico, que meto en mi cuerpo mientras que no le haga daño a otro ser humano en este planeta?“

“Creo que Dios dejó que ciertas drogas crezcan naturalmente sobre nuestro planeta para ayudar acelerar y facilitar nuestra evolución. OK, no es la más popular idea jamás expresada. Es esto o ustedes están todos verdaderamente volados y están de acuerdo conmigo del único modo que pueden en este momento. (Comienza a guiñar el ojo)“

“Ellos mienten acerca de la marihuana. Te dicen que fumar te pone desanimado. ¡Mentira! Cuando estás volado puedes hacer todo lo que normalmente haces, igual de bien. Sólo comprendes que no vale el puto esfuerzo. Hay una diferencia ahí.“

“Me encanta hablar del asesinato de Kennedy. La razón es porque estoy fascinado por éste. Estoy fascinado de que nuestro gobierno pueda mentirnos tan abiertamente, tan obviamente por tanto tiempo y no hacemos nada acerca de eso. Creo que eso es interesante en lo que es en apariencia una democracia. Sarcasmo, ven, pasa. Las personas dicen "Bill, deja de hablar de Kennedy. Fue hace mucho tiempo, déjalo pasar, ¿ok? Ya ha pasado harto tiempo, sólo olvídalo." Entonces, está bien, entonces no me sigas sacando a Jesús en cara. Mientras hablemos de duración aquí...“

“El cristianismo tiene un sistema de defensa empotrado: todo lo que cuestiona una creencia, sin importar cuan lógico sea el argumento, es el trabajo de Satán por el sólo hecho de que cuestiona una creencia. Esto es un mecanismo de defensa muy interesante y el único modo de arreglárselas - y créanme, fui criado como Bautista del Sur - se debe tomar cantidades masivas de setas, sentarse en un campo, y solamente ir… " Muéstrame”.”

“Vuelve a la cama, Norteamérica, tu gobierno ha entendido como todo esto se supo, vuelve a la cama Norteamérica, tu gobierno tiene el control nuevamente. Aquí, aquí están los Gladiadores Americanos. Mira esto, cállate, vuelve a la cama Norteamérica, aquí están los Gladiadores Americanos, ¡hay 56 canales de eso! Mira a estos pituitarios retrasados golpear sus cráneos de mierda entre ellos y felicitarle por vivir en la tierra de libertad. Aquí tienes Norteamérica - ¡eres libre a hacer lo que te digamos! ¡Eres libre a hacer lo que te digamos!”

“Somos los facilitadores de nuestra propia evolución creativa.”

“¿Se han dado cuenta como las personas que creen en el creacionismo realmente se ven involucionadas?”
[“Revelations”, 1990's]

“No deseo sonar amargo, frío, o cruel, pero lo soy, así que eso es lo que sale.”

“¿Qué es lo que los ateos gritan cuando se van?”

“Yo fumo. Si esto molesta a alguien, Les recomiendo que miren alrededor en el mundo en que vivimos...y callen su puta boca.”

“Estuve en Australia y todos preguntaban algo como ‘¿Estás orgulloso de ser Norteamericano?’ Y yo era como, ‘Eh, no lo sé, no tuve mucho que ver con eso. Sabes, mis padres fornicaron allá, eso sería todo. Sabes, yo estaba en el reino del espíritu en ese tiempo, diciendo ‘¡JODAN EN PARIS! ¡JODAN EN PARIS!’ pero ellos no podían escucharme, porque no tenía boca. Era un espíritu sin pulmones ni boca, o cuerdas vocales. Ellos fornicaron acá. Okay, estoy orgulloso’. “

“Les mostraré a los políticos en Norteamérica. Aquí está, aquí mismo. 'Creo que la marioneta a mi derecha comparte mis ideas.' 'Creo que la marioneta a mi izquierda es más de mi gusto.' 'Hey, espera un minuto, ¡hay un tipo que sostiene a las dos marionetas!'”

“No entiendo nada así que ahí tienen…¿saben cuál es mi problema? Veo demasiadas noticias, hombre, ese es mi problema, por eso estoy tan deprimido todo el tiempo, lo descubrí. Veo demasiado CNN, hombre. No sé si alguna vez se sentaron y vieron CNN por más de, no sé, 20 horas en un día…no recomiendo eso. Mirar los Titulares de Prensa en CNN por 1 hora, es la cosa más putamente deprimente que harás jamás: GUERRA, HAMBRE, MUERTE, SIDA, DESPOSEIDOS, RECESIÓN, DEPRESIÓN. GUERRA, HAMBRE, MUERTE, SIDA, DESPOSEIDOS... Entonces, miras por tu ventana... {hace sonidos de grillo} “¿Dónde pasa toda esa mierda? Ted Turner está inventando toda esta mierda! Jane Fonda no quiere dormir con él, entonces corre a una máquina de escribir: ‘En 1992, todos moriremos de SIDA; lean eso al aire. Si a mí no me toca, ¡a nadie le toca!’" Yo escribo: Jane Fonda: ‘¿Podrías joder a este tipo para que podamos tener algunas buenas noticias, porfavor?’ Quiero ver un bien complacido noticiario de Ted Turner: “Hey, todo se va a solucionar. Aquí están los deportes”.”

“No puedo ver TV por más de 5 minutos sin rezar por un holocausto nuclear.“

"¿Cuánto fuma usted, señor? ¿Una cajetilla diaria? Por qué simplemente no se pone un vestido y susurra alrededor... yo me acabo dos encendedores en un día."
[a un miembro de la audiencia]

(con voz de niño): "Mamá, Encontré un Diario de Lincoln en mi cajón de calcetines."
(imitación de la mamá): "Esa es la historia de Jesús."

“Han conocido alguno, ¡no! Han visto alguno, ¡no! ¡¡Pero están por todo el puto mundo, poniendo Biblias en las habitaciones de los hoteles!!

Voy a capturar un Gideon.“
[sobre los Gideon]


“No todas las drogas son buenas, algunas... son excelentes.“

“Es un mundo loco, y estoy orgulloso de ser parte de él.“

“Sí, ustedes realmente entendieron mi actuación, chicos. Eso sería muy bueno. Saben, cuando termino de alegar sobre el poder de la elite que gobierna el planeta bajo un gobierno totalitario que usa los medios de comunicación para mantener a la gente estúpida, mi garganta se tapa. Por eso tomo jugo de naranjas."
[luego de ser consultado sobre hacer un comercial sobre jugo de naranjas].

Las estrellas de rock actuales que no consumen drogas y que se manifiestan en contra de las drogas - ¡Hemos rockeado en contra de las drogas! ... Amigo, ellos apestan.

“'Oh vamos Bill, son los New Kids, no la agarres con ellos, son tan buenos y se ven tan bien y son tan buena imagen para los niños.' Que se pudra. ¿Desde cuando la mediocridad y la banalidad se convirtieron en una buena imagen para los niños? Quiero que mis hijos escuchen a personas que realmente rockearon. No me importa si murieron ahogados por su propio vómito. Quiero a alguien que toque para sus putos corazones.”

“Uno de mis mayores miedos en la vida es que voy a morir, saben, y mis padres van a venir a limpiar mi departamento, y encuentren el ala porno que yo he estado añadiendo en él.“

“Si tu estás tan a favor de la vida y tan a favor de los niños, entonces adopta uno que ya está acá y es muy rechazado y muy solitario y necesita a alguien que se preocupe de él y lo saque de una horrible situación. Y las personas dicen 'Bueno, ¿por qué tu no haces eso?' y yo digo 'Porque odio a los putos niños y no me podrían importar menos'.”

“¡Hitler tuvo la idea correcta! ¡Sólo que no la pudo lograr! Mátalos a todos, Adolph, ¡a todos ellos! Judíos, Mexicanos, Americanos, blancos, ¡¡¡¡mátalos a todos!!!!“
[reacción a una muchedumbre borracha gritando repetidamente "Freebird"].

“¿Cómo se atreven a poner a un estúpido para que me diga que no consuma drogas?”
[sobre una propaganda anti-drogas de la televisión]

“Lo admito, veo ese comercial y me siento engañado. ¿Dónde está la mierda que hace que los huevos se vean como sesos? ¿Qué es eso?, ¿propiedad de la CIA?“

“El peor tipo de no-fumadores son los que se te acercan y tosen. Eso es una mierda muy cruel, ¿no es así? ¿Acaso vas donde los lisiados y bailas también?“

“Piensen en mí como Chomsky pero con chistes de penes.”

“Desagradables, autosuficientes hijos de puta. Mi miedo más grande, si dejo de fumar, es que me convierta en uno de ustedes...no lo tomen a mal. Tengo algo que decirles a ustedes, no-fumadores, algo que es un hecho que yo sé, y ustedes no, y siento que es mi deber pasar esta información en todo momento. ¿Listos?...los no-fumadores mueren todos los días...disfruten su velada. Ven, sé que ustedes disfrutan esta eterna vida de fantasía porque eligieron no fumar, pero déjenme ser el primero que reviente esa burbuja de fantasía y los traiga devuelta a la dura realidad... ustedes también están muertos.”

“Generalmente amo mi trabajo. ¿Saben que es lo mejor de ser comediante? No tengo jefe. Ese es un definitivo plus en el estilo de vida, ¿no? ¿No son los jefes algo?...son como mosquitos en un picnic...Lárgate de aquí amigo, es sólo un trabajo, no significa nada. Me fumé un pito esta mañana, tienen suerte de que me duche.”


jueves 7 de mayo de 2009

BILLY COLLINS, ENTREVISTA Y SELECCIÓN POÉTICA


Billy Collins es un poeta que destila en sus versos un profundo sentido del humor, lo cual no es más que una muy sumaria introducción a los múltiples talentos que alberga este autor. Incisivo y encantadoramente impredecible, su poesía capta implacablemente un universo tan frecuentemente nada agradable. Collins es un lector voraz y en su poesía abundan los personajes y las resonancias históricas. Sus poemas, inteligentes y lúcidos, están a caballo entre un amor diáfano por el mundo y un saludable escepticismo del mundo. Saturados de imágenes poderosas y originales, sorprenden al lector en todos sus dobleces y en todas sus esquinas, cinceladas con un lenguaje muy rico y una imaginación generosa.

Collins es autor de seis libros de poesía, entre los que destacan Picnic, Lightning; The Art of Drowning; y Questions about Angels, que fue seleccionado para la prestigiosa Serie Nacional de Poesía. Este otoño la editorial Random House publicará un libro de poemas escogidos, Sailing Alone Around the Room. Asimismo sus inteligentes e incisivos poemas se pueden encontrar en las páginas de las mejores revistas literarias de Estados Unidos, tales como Poetry, American Poetry Review y Paris Review. Billy Collins ha recibido numerosos galardones, así como el reconocimiento de la Fundación Nacional para las Artes y la Fundación Guggenheim. Actualmente es profesor en el Lehman College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

En junio del 2001, Collins fue nombrado “Poet Laureate” de los Estados Unidos.

Alexandra van de Kamp:Antes mencionó que para usted sus poemas son vehículos que le permiten al lector viajar hasta los lugares más insospechados. Incluso describe que el proceso que sigue para crear sus poemas es como una especie de viaje, de odisea. ¿Podría darnos más detalles?

Billy Collins: Cuando digo que la poesía es la forma más ancestral de narrativa sobre viajes me estoy refiriendo tanto a los viajes geográficos como a los de la imaginación, claro está.

Al igual que Borges, quien se autodenominaba como “lector hedonista”, a mi también me gusta leer por placer. Y uno de los placeres más exquisitos que ofrece la poesía es el de viajar desde un lugar a otro de nuestra mente, frecuentemente desde un lugar que existe en la realidad a otro que sólo existe en la imaginación, especialmente si éste último no existía antes del nacimiento del poema.

No todos los poemas buscan esta capacidad de transporte, pero eso es lo que yo valoro más. Bueno, en realidad no es que yo juzgue los poemas cuando los leo. Tan sólo busco evadirme a algún sitio. Cualquier sitio. Algunas poesías despegan y te llevan a terrenos completamente nuevos, mientras que otras ni siquiera salen del hangar. El viajar también sirve para aliviar el sopor que nos apodera al escribir. Cuando comienzo a componer un poema, siempre busco un camino perdido, una válvula de escape que me permita abandonar esa primera parte del poema—que es sólamente un cebo, una excusa para disponer el escenario—y viajar a algún destino desconocido.

AV: ¿Qué papel han jugado los viajes geográficos en su vida poética?

BC: Lo cierto es que la influencia directa de mis viajes en mis trabajos es relativamente poca. Lo que quiero decir es que, por ejemplo, cuando vuelvo de un viaje por Italia no tengo un interés especial en escribir sobre Italia. Puede ocurrir que algo que haya visto durante el viaje resurja más tarde, de manera inesperada, en un poema, pero no de una manera preconcebida. Uno de mis recuerdos de cuando estuve en España—la Costa del Sol—, allá por mi juventud, es el de un burro atado a un poste rebuznando bajo el Sol. Pues bien, veinte años más tarde, el animal apareció en un poema que escribí que no trataba ni de España, ni de burros.

Muchos de los viajes que hago ahora vienen dados por mis obligaciones como poeta; haciendo presentaciones, dirigiendo seminarios, cosas así. No son viajes que inspiren demasiado a escribir. Lo único que me apetece hacer en estos casos es ponerme delante de la televisión a ver lo más aburrido que pongan. Busco el peor programa en antena y lo miro hasta que caigo dormido.

Estoy completamente de acuerdo con Emily Dickinson, quien escribió varios poemas en los que decía que no hace falta viajar para escribir—aunque ella, por supuesto, ejemplificó su teoría de forma extrema—. Cuando mejor escribo es cuando estoy en casa, y generalmente sobre temas de casa. Después de todo, el título de mi última colección de poemas selectos es Sailing Alone Around the Room.

AV: Esa sensación de hogar, de apego a los espacios en que vivimos cada día, parece jugar un papel clave en el paisaje que dibujan sus poemas. ¿Nos puede decir algo de cómo las ideas de “retiro” y “lugar” han influido en su trabajo?

BC: Utilizando un símil de negocios, para que una tienda tenga éxito tiene que estar emplazada en un buen lugar. Bueno, pues lo mismo ocurre con la poesía. El secreto de un poema radica en su situación. Esto nos lleva a la explicación del poema entendido como vehículo para viajar. Si la poesía nace para trasladar al lector a “Otro” lugar, necesariamente debe nacer en “Algún” lugar. Para mí ese sitio es “Aquí”, el espacio en que escribo, que es normalmente mi casa. Los poemas que comienzan con una sensación de pertenencia a un lugar tienen un destino al que llegar. A propósito, cuando hablo de “sensación de pertenencia a un lugar” no me refiero a ese concepto de pertenencia regional que los escritores del Sur de Estados Unidos siguen abrazando. El lugar del que hablo puede ser, perfectamente, el lugar donde se desarolla la composición, esta mesa, el camino por el que ando. Estos poemas son una especie de poemas ocasionales, esto es, comienzan con el establecimiento de un escenario, una coartada para el puro acto de la composición literaria.

Creo que esto se inició con los románticos; la imagen del poeta inscrito en un paisaje adecuado. Pero Coleridge puede encontrarse en un interior, como en “Helada a medianoche”, o en su jardín, como en “This Lime-Tree Bower My Prison”. Este poema se inicia con las palabras “Bien, se han ido, y yo debo permanecer aquí”. El “aquí” de ese verso expresa una idea novedosa en la poesía de aquella época (siglo XVIII). Coleridge es un poeta del domicilio. Una vez alguien me acusó de ser un “poeta naturalista de interiores”. Pues vale, si eso es un crimen, me declaro culpable.

En mi opinión, esa sensación de pertenencia a un lugar concreto está en relación con una especie de conexión entre la retirada y la creatividad. Cuando se organiza un taller de literatura parece que se quiere indicar que el escribir es una actividad social. Sin embargo, me gustaría mencionar a Gaston Bachelard y a lo que él llama “espacio mágico” un lugar repleto de rincones ocultos donde los niños juegan al escondite, formando su capacidad para imaginar. Lo único que han hecho los poetas y otros seres creativos es emerger desde esos rincones con su imaginación intacta y seguir las nubes preñadas de gloria fantástica. Espero que todo esto no suene demasiado pomposo.

AV: Ha mencionado a Coleridge. En otras entrevistas usted ha hecho referencia a la influencia de Keats en el proceso de maduración de su estilo. También ha destacado el efecto que tuvieron los Beats en el inicio de su carrera literaria.

BC: Hablar de “influencias” siempre me agobia un poco. Danilo Kis solía decir que cuando se le pregunta a un escritor cúales han sido sus influencias, de alguna manera le estamos tratando como a un bebé que ha sido abandonado en un cesto junto a las escaleras de un convento. Queremos saber quiénes son sus padres.

Creo que si los escritores fueran conscientes de todo aquello que sirve de influencia en sus obras, les ocurriría lo de aquel ciempiés que se cayó cuando comenzó a pensar en cómo era posible que sus patas se movieran sincronizadamente. La consciencia de ello resultaría paralizante. Además, hablar de nuestras influencias no es muy fiable porque tenemos tendencia a inventárnoslas, de la misma manera que, en algún momento de nuestras vidas, nos inventamos a nuestros padres. Nos inventamos todo nuestro pasado.

Pero también hay momentos. Por ejemplo, en la época de gloria de los Beatniks yo era un mozuelo bastante impresionable, y me empapé de Kerouac, Ginsberg, Ferlinghetti (Coney Island de la mente—todavía un título adecuado—) Gregory Corso y otros. Recuerdo un verano que pasé en París a comienzos de los 60. Solía merodear, con bastante timidez, por cierto, cerca del ambiente que se formaba en el Boul Mich, como ellos lo llamaban. Me llegué a sentar a la misma mesa que Corso y otros de ellos; incluso me hice amigo de una chica americana llamada Ann Campbell, a quien la revista Realities había denominado como “reina de los Beatniks” (veamos, ¿entonces yo qué era?). Bueno, pues sobre todo, yo era un estudiante de clase media que iba a un instituto de curas y que fantaseaba con robar un coche y largarme a todo trapo a Denver. Y probablemente lo habría hecho; pero desgraciadamente no pude conseguir ninguna de esas pastillas especiales para conducir que tenía Neal Cassidy. Además siempre había algún examen para el que estudiar, o algún ensayo de la banda de música al que tenía que acudir.

Quizás una influencia más constructiva fue la que llegó de la mano de un pequeño libro de la editorial Penguin—todavía lo conservo—titulado The New Poetry. Estaba editado por A. Alvarez. Fue la primera vez que llegaban a mis ojos poetas como Thom Gunn, Ted Hughes, Philip Larkin, Charles Tomlinson y otros. Siempre llevé el libro conmigo a todos los colegios a que fui a estudiar. Me encantaba la claridad y la simplicidad del lenguaje, cargado de ironía. Por ejemplo, había versos como estos:

El viento sopló durante todo mi día de bodas,

Y mi noche de bodas fue la noche del fuerte viento

No sabía si Larkin estaba bromeando o no, y lo cierto es que prefería no saberlo. Diría que, idealmente, mis poemas contienen ese mismo tono de equilibrio entre la profundidad y la ironía. Eso es algo bastante difícil de conseguir, ya que la tendencia es a irse a un extremo o al otro y acabar escribiendo poemas cursis, demasiado “hábiles” o muy serios. En ese mismo libro encontré la poesía desnuda de Lowell; también descubrí a Thom Gunn y sus poemas sobre moteros y Elvis Presley. En aquel entonces me pasaba el tiempo escuchando a Elvis, pero nunca imaginé que se podía escribir un poema sobre él. Yo era prisionero de un pensamiento muy tradicional y estos poetas me enseñaron la manera de escaparme de él.

La pregunta sobre las influencias abre la puerta a lo demás. Podría seguir, pero cuando alguien me pregunta si hay una Influencia Principal en mi obra, me he acostumbrado a decir “Coleridge”. ¿Y por qué no? El primer contacto que la mayoría de nosotros tiene con Coleridge es a través de sus “poesías misteriosas”, esos poemas oníricos que nos llevan de viaje, como “La balada del viejo marinero”, o que nos transportan a paisajes de ensueño, como “Kubla Khan”. Una de las razones por las que a Coleridge le gustaba recorrer el estado de los sueños era que le permitía concentrarse completamente en una sóla cosa en cada momento. Solía comentar que en los sueños nunca se encontraba pensando en una cosa a la vez que miraba otra, algo que casi siempre hacía cuando estaba despierto.

Pero los poemas a los que me refiero son los llamados “poemas de conversación”, como “Helada a medianoche”, “El arpa eólica”, y mi favorito, “This Lime-Tree Bower My Prison”. Estos poemas contienen elementos fascinantes, como los cambios en su proceso de meditación, que va desde el paisaje exterior (o el de la habitación) hacia su interior, a través de la memoria, y luego pasa a otras zonas de especulación fantástica. La extensión de sus versos era una fórmula perfecta para hacer encajar esa gran variedad de reflexiones. De ellos aprendí a escribir poemas más largos, con más capacidad, y a confiar en los cambios de mi mente. Richard Hugo habla sobre esto, sobre la necesidad de tener fe en nuestro próximo pensamiento, simplemente porque no es de nadie más; es sólo nuestro. Ten fe en el proceso. Aquí llega otro pensamiento. Escríbelo.

Estos poemas de Coleridge comienzan de una manera muy casual, ligera, pero poco a poco se elevan hasta lo profundo. Se puede decir que ejemplifican perfectamente aquel consejo que diera Stephen Dobyns, esto es: si logras que el lector acepte algo sencillo al comienzo, luego será más fácil que acepte algo más complejo a medida que el poema avanza. La verdad es que yo no tengo mucha paciencia con los poemas que empiezan con alguna idea extremadamente complicada. Es mejor empezar como “Hot Cross Buns” y acabar como Debussy.

Por supuesto, llega un momento en que uno comienza a escoger deliberadamente sus influencias. Lees con la idea de que lo que estás leyendo te va a afectar. Ahora estoy leyendo a Max Jacob. Durante un tiempo compartió piso con Picasso. Imagínatelo diciendo: “Quiero que conozcas a mi compañero de piso, Pablo”. Jacob murió a manos de los nazis, o lo dejaron morir de neumonía en una estación. Lo estoy leyendo con el propósito de que se me pegue su influencia. O quizás lo único que quiero es apropiarme de sus “jugadas”; traducir su lenguaje al mío.

AV: Su poesía contemporánea sobre jazz es de lo mejor que se ha escrito. ¿Puede decirnos algo sobre su relación con la música?

BC: Hace mucho tiempo, durante mi adolescencia, mis padres solían enviarme a Canadá durante el verano, a trabajar en la granja de mi tío John acarreando heno, y a podar el césped de un hotel que tenía a la orilla del lago Simcoe, en Ontario. Un día, cuando estaba podando la hierba, se acercó al muelle una lancha motora. Iban dos parejas de modernillos. Amarraron la embarcación, pusieron en marcha un tocadiscos, se prepararon unas copas y se tumbaron en la plataforma del muelle a tomar el sol y a escuchar el concierto de Benny Goodman en el Carnegie Hall (aunque yo entonces no tuviera ni idea). Aquella fue la primera vez que oí jazz. Estamos hablando de 1954.

Una de las chicas era guapísima, y me enamoré de ella sin intercambiar una palabra. También me enamoré del jazz. Fue entonces cuando decidí dedicar mi vida a convertirme en alguien como su novio. Desde entonces no he parado de escuchar. Hace poco empecé a tomar clases de piano. Soy capaz de tocar algunos temas clásicos y algo de blues. Pero si hay alguien en la sala no me sale nada.

En cuanto a la influencia del jazz en mi trabajo, para mi el jazz es parte del ambiente en el que vivo. Es la parte que puedo controlar. Escribo sobre jazz como si escribiera sobre el tiempo. Es una parte del entorno que a veces se convierte en protagonista. A la gente le gusta hacer comparaciones entre la improvisación en el jazz y la improvisación en parte de la poesía contemporánea. Creo que merece la pena decir algo sobre esto. Yo intento escribir de una sentada para que la espontaneidad del momento no se pierda. Pero seamos serios, el poeta puede volver atrás y tachar lo que ha escrito, mientras que para el trompetista que está en un escenario es imposible.

AV: ¿Cómo describiría usted el estado actual de la poesía norteamericana a un extranjero que no esté muy al corriente de ella? ¿Cuáles son, en su opinión, sus barreras y sus posibilidades?

BC: Durante los últimos veinte años, y llegando hast nuestros días, la escena poética de EE.UU. viene mostrando un gran dinamismo. Si usted coge un volumen reciente de The Best American Poetry (La mejor poesía norteamericana) y lee la introducción, puede darse cuenta de que la actividad poética ha aumentado. Por ejemplo, las lecturas abiertas de poesía, algo que antes estaba limitado a las élites, ahora se dan por todas partes, casi tan a menudo como las reuniones de Alcohólicos Anónimos. El lugar predilecto suele ser la biblioteca local, y no el sótano de la iglesia. Nuestro primer instinto es el de aplaudir este aumento de la actividad cultural. Me parece bien; pero lo que generalmente no se comenta es que la mayoría de los que acuden a estos eventos son poetas. Sus motivos, por tanto, no son totalmente desinteresados. Algunas veces acuden a las lecturas para presentarse al poeta, y no a escucharlo. Luego le pasan sobre con una nota que empieza: “Comprendo que debe de estar muy ocupado…”.

Mucha gente acude a las lecturas de poesía para leer sus poemas cuando se abre el micrófono a la audiencia. Luego resulta que están demasiado ocupados dándole los últimos toques a sus poemas como para escuchar al poeta invitado. En otras palabras, la buena noticia es que el público interesado en la poesía ha crecido de una manera impresionante a la vez que el género poético ha comenzado a acaparar mayor atención y respeto en Estados Unidos. La mala noticia, por otro lado, es que se ha creado una especie de circuito cerrado en el que el público interesado en poesía son sólo otros poetas. Es como ir a un concierto y descubrir que todo el mundo en la audiencia tiene un estuche de violín sobre las rodillas.

Por eso me produce gran satisfacción cuando oigo que a alguien que generalmente no lee poesía —y que no escribe, tampoco— le gustan mis poemas. Joyce Carol Oates dijo que la cantidad de gente que lee poesía es aproximadamente la misma que escribe. Yo diría que es un poco menos que porque hay gente que escribe poesía pero que no tiene ningún interés en leerla. Extraño pero cierto.

AV: Gran parte de esa sensación de ironía y sorpresa que se da en sus poemas puede nacer del aprecio por lo mundano, por las cosas cercanas a nosotros. A menudo eso ocurre después de que el poema ha invocado lugares y personajes más dramáticos y exóticos. En “Death of Allegory” (La muerte de la alegoría) usted yuxtapone “esas abstracciones importantes” del pasado con “los binoculares negros y un billetero,/justo loque preferimos ahora,/objetos que descansan en silencio sobre una linea en minúsculas,/ ellos y nadie más”. Usted recurre con frecuencia a esta contraposición entre el pasado y los humildes artefactos del presente. ¿Nos puede decir algo de esto?

BC: A la poesía le costó mucho tiempo aceptar lo mundano, la vida de cada día, y ahora dedica una gran cantidad de energía a celebrarlo. Al mencionar las simples cosas que se encuentran a nuestro alrededor, intento evocar una imagen del mundo sin ningún tipo de maquillaje, algo así como una presentación del mundo en estilo haiku , sin la ayuda “dopante” de las metáforas. Creo que uno de los recursos que se repite en mis poemas es lo que yo llamaría “deflación irónica’. Me valgo de los más sencillos detalles —un perro dormido en el suelo, un pájaro que sale por una ventana— para rebelarme contra la tradición literaria más grandilocuente. O sea, Milton ya se murió, pero el perro sigue respirando a mi lado. En la tradición japonesa del haiku el presente lo es todo. No hay nada fuera de él, excepto dos abismos, uno a cada lado. Si un momento particular está lleno de un cerezo en flor y un jirón de luna, la sola mención de esto (en las 17 sílabas de un haiku) signfica celebrar el hecho de tu existencia, de que eres la única persona en el Universo que ocupa esas coordenadas concretas de espacio y tiempo.

Vivimos en tiempos sin mayúsculas. La alegoría ha muerto. Ya no se puede empezar un poema con la Caridad, eso sin hablar de la Castidad, la más muerta de todas las virtudes. Debajo de esta nueva actitud poética está la asuncióin de que las cosas que nos rodean —los árboles, por ejemplo, pero también una escoba o un cubito de hielo— pueden encerrar pistas de lo que guarda una realidad mucho más amplia; nos pueden abrir la puerta a una dimensión espiritual, o por lo menos, abstracta. Emerson lo llamó “el lenguage hablado de las cosas”, la capacidad del mundo material para enseñarmos a trascenderlo. William Carlos Williams limpió la mesa para que encima de ella hubiera sólo un simple objeto. Y Charles Simic presenta los objetos del mundo (escoba, cristalera) de manera que todo el significado histórico y arquetípico de ese objeto queda recogido en un breve momento. Cuando dirijo talleres de trabajo, suelo pedir a los poetas participantes que eliminen todos los modificadores y vean lo que les queda. A menudo, lo que queda es más. El adjetivo puede resultar ser un parásito que se alimenta del sustantivo y, a la larga, lo mata. No nay nada como un buen sustantivo manteniéndose por sí mismo. Copa. Sombrero. Hueso. Cada uno cuenta una larga historia. “Silla” es una épica.

Además, empezar de manera sencilla es una forma de establecer la autoridad en un poema. Si te digo que esta noche estoy escuchando cómo la lluvia golpea la ventana de mi habitación, lo aceptas si problemas. ¿Por qué no? Pero si empiezo un poema diciendo…por ejemplo…que la miseria es una serpiente que se enrosca alrededor del cuello del cosmos, puedes poner en duda a quién es que estás escuchando, y por qué. No es ningún secreto. Todos los cantantes lo saben: empieza suave, acaba fuerte.

AV: En sus trabajos generalmente se percibe una clara preocupación por el lector. The Art of Drowning (El arte de ahogarse) se inicia con el poema “Dear Reader” (Querido lector) y acaba con “Some Final Words” (Unas palabras finales). Su último libro Picnic, Lightning (Picnic, rayos) comienza con “A Portrait of the Reader with a Bowl of Cereal” (Retrato de un lector con un tazón de cereales). Aquí hay algunos trazos maravillosos de aquellos viejos poemas épicos, cuyos prólogos convocaban la inspiración de las musas. También me recuerda a los narradores de las obras Isabelinas, que solían hablar con la audiencia al inicio y a la conclusión de la actuación. ¿Cree usted que la invocación al lector/musa que hace en las páginas iniciales y finales de us libros representa una versión moderna de esta tradición? ¿O hay algún otro motivo para la manera en que organiza sus poemas?

BC: Haces que parezca algo premeditado de manera muy inteligente. No tengo otra alternativa que aceptar la verdad de todo lo que dices. Yo soy una persona muy pendiente de mis lectores, quizás porque estoy cansado de leer poemas que parecen ignorar al lector. Cuando escribo siento que estoy hablando a un lector/oyente, así que una gran parte de mi esfuerzo va encaminado a hacer que el poema sea claro. A colocar sus elementos en la secuencia correcta, de modo que se pueda seguir fácilmente. No sólo fácil, sino fácil de seguir porque el poema va hacia algún lugar, y quiero que el lector me acompañe para compartir las sorpresas que nos depare el viaje. Intento inicial el poema en un terreno común, una manera de reunir un pequeño grupo alrededor de la hoguera del poema. A partir de ahí, el “guía Collins” se pondrá a contar algunas historias de miedo.

En cuanto a si un libro entero puede ser “amistoso” para los lectores, fácil de seguir, te puedo decir que he abierto mis últimas colecciones con una especie de poema introductorio cuyo objetivo es dar la bienvenida a los lectores, y hacerles saber que estoy al tanto de su presencia, que este libro va dirigido a ellos. Por supuesto que nadie lee un libro de poemas en su totalidas, excepto los editores y los críticos de literatura,. Pero si lees uno de mis libros desde el principio hasta el final te encontrarás que vas guiado por cierto terreno. No querría —no sería capaz— explicar ese progreso conceptualmente, pero el libro y sus secciones siguen una organización dramática. Cuando tengo suficientes poemas para completar un libro los esparzo por el suelo y busco los poemas que quiero que vayan juntos. Intento mantenerme al margen y que sean los propios poemas los que decidan. Pienso que el primer y el último poema de cada libro, y el primero y el último de cada sección, deben de estar allí por una razón. Sin embargo, la mayoría de los lectores, entre los que me incluyo, hojeamos los libros de poemas buscando algo que atraiga nuestro interés, un título sexy, un poema corto, lo que sea. Auden comprendió la vanidad del autor que que se escfuerza por colocar sus poemas en un orden determinado cuando en su libro Collected Poems (Colección de poemas) decidió poner sus poema en orden alfabético, eliminando así la necesidad de tener un índice. Esa es otra de las cosas agradables de un libro de poesía. Puedes ir a cualquier página. Eso es imposible con una novela , a menos que se esté tomando una muestra de estilo.

Me gusta tu idea de la obra de teatro de estilo Isabelino. Me gustaría subir al escenario antes del primer acto para dar la bienvenidad al lector. Y como en todo, siempre es bueno acabar con fuerza.


Selección Poética

Diseño

Derramo una capa de sal sobre la mesa

y trazo un círculo con mi dedo.

Este es el ciclo de la vida

le digo a nadie.

Esta es la rueda de la fortuna,

el Círculo Ártico.

Este es el anillo de Kerry

y la rosa blanca de Tralee

les digo a los fantasmas de mi familia,

los padres muertos,

la tía que se ahogó,

mis hermanos y hermanas venideros,

mis hijos por venir.

Este es el sol con sus rayos relucientes

y la luna amarga.

Este es el círculo absoluto de la geometría

le digo a la hendidura en la pared,

a los pájaros que cruzan la ventana.

Esta es la rueda que acabo de inventar

para rodar por el resto de mi vida

y lo digo

tocando mi lengua con el dedo.


Centro

Les pido que agarren un poema

y lo sostengan en alto a contraluz

como una transparencia de colores

o que presionen una oreja a su colmena.

Digo que dejen caer un ratón en el poema

y lo observen para ver cómo sale

o que caminen dentro del cuarto del poema

y sientan las paredes

les pido que hagan esquí acuático

a través de la superficie del poema

Pero todo lo que quieren hacer

es amarrar al poema en una silla con una soga

y torturarlo hasta que confiese

Ellos comienzan a azotarlo con una manguera

para saber si dice de verdad

Letanía

Tú eres el pan y el cuchillo,

La copa de cristal y el vino.

Jacques Crickillon

Tú eres el pan y el cuchillo,

la copa de cristal y el vino.

Eres el rocío en el césped

de la mañana y la rueda

ardiente del sol.

Eres el mandil blanco del

panadero y la marisma de

pájaros de repente en vuelo.

Sin embargo, tu no eres el

viento en la huerta, los

ciruelos en el mostrador

o la casa de naipes.

Y ciertamente no eres el aire

fragante del pino.

De ninguna manera eres el aire

fragante del pino.

Es posible que seas el pez debajo

del puente,

hasta tal vez la paloma en la cabeza

del general,

pero ni siquiera puedes soñar ser

el campo de flores de maíz en

el crepúsculo.

Y una mirada rápida en el espejo mostrará

que no eres ni las botas en el rincón ni

el bote durmiendo en su cobertizo.

Te pudiera interesar saber,

hablando de la imaginería juguetona del mundo,

que soy el sonido de la lluvia en el tejado.

Sucede que también soy la estrella fugaz,

el diario de la tarde volando por el callejón,

y la canasta de castañas en la mesa de la cocina.

También soy la luna entre los árboles,

la taza de té de la mujer ciega.

Pero no te preocupes, no soy el pan y el cuchillo.

Tú todavía eres el pan y el cuchillo.

Siempre serás el pan y el cuchillo,

por no decir la copa de cristal y –de alguna manera el

vino


Vuelvo a casa por un libro

Giro sobre la grava
y vuelvo a casa a por un libro,
algo para leer en la consulta del doctor,
y mientras estoy dentro, recorriendo
con un dedo inquisidor la estantería,

otro yo, que no se molestó
en volver a casa a por un libro
se marcha por su cuenta,
baja por el camino de entrada,
y gira a la izquierda hacia la ciudad,

un fantasma en su coche fantasma,
otro nudo en la cuerda del tiempo,
tres minutos por delante de mí—
un espacio que ahora se mantendrá
por el resto de mi vida.

Algunas veces pienso que le veo
unas pocas personas por delante de mí en una cola
o levantándose de una mesa
para salir del restaurante justo antes que yo,
poniéndose el abrigo camino de la puerta.

Pero no se le puede alcanzar,
no hay manera de hacer que espere
para volver a sincronizarnos,
a menos que un día decida volver
a casa a por algo,

aunque no puedo imaginar
por mi vida qué podría ser.
Sale siempre antes que yo,
abriéndome camino, explorador invisible,
perro que tira de mi,

sombra a la que estoy condenado a seguir,
mi doble perfecto,
adelantado sólo una pulgada al futuro,
y ni de lejos tan versado como yo
en la poesía amorosa de Ovidio—

yo que volví a casa
aquella fatídica mañana de invierno y agarré el libro.


Jazz y naturaleza

Era otra mañana clara y soleada,
una brisa seca agitaba los árboles en torno a la casa
y yo no tenía nada que hacer -
mi escena habitual a finales de agosto.

Estaba leyendo la autobiografía
de Art Pepper, así que puse un disco de Art Pepper
y encendí los altavoces de fuera
para sentarme bajo el sol caliente

y leer más acerca de su vida de sordidez y prisión
mientras escuchaba su alto veloz, suave
saliendo de entre dos grandes arces
como se el jazz de la Costa Oeste fuese la música de la propia naturaleza.

Así, dibujé una especie de caja
alrededor de la mañana,
en tres dimensiones y a lápiz,
conmigo dentro sujetando una regla en mi mano.

Leía y escuchaba y leía,
y a veces echaba un vistazo a las fotografías
para comprobar la cara del hombre
que me dijo que una vez había conducido un Cadillac verde dorado

en el que podías perderte para siempre, como cuando
miras a las aguas de un lago;

el hombre que dijo que había compuesto
una balada llamada “Diane” para su segunda mujer
sólo para darse cuenta más tarde

de que la melodía era demasiado hermosa para ella.
El tipo que confesó haber vendido
a su perro, un caniche colo champán llamado Bijou,
por un chute de veinte dolares

y el que comentó que los hombres que en la cárcel
intentaban desintoxicarse introducían
los bajos de los pantalones en los calcetines
para que ni la más ligera brisa tocara su piel.

Detrás de donde yo estaba sentado al sol
había un brote de flox silvestres rosadas,
y algunas de las abejas que revoloteaban por allí
comenzaron a zumbar alrededor de mi cabeza.

Una en particular parecía tan interesada
en mí que la di un manotazo,
me levanté rápidamente y dije “no me vaciles
o te parto la cara, fantasma,”

una reacción sin duda inspirada
en mis lecturas sobre los bajos fondos californianos
en el cincuenta y siete,
mi año favorito de todos los tiempos para el jazz.

Pero persistió, esta abeja, y al final
me obligó a retirarme dentro, al estudio oscuro y fresco
donde un gato dormía sobre una silla,
un buen lugar para escribir todo esto

y preguntarme en qué ocuparía el resto del día -
tal vez en colgar un cuadro en la pared
o en recibir una llamada sorpresa
de alguien a quien solía amar.

¿Qué tal algo de Dexter Gordon
a la hora del aperitivo
y quién sabe?
quizás un encuentro con una hormiga cruel -

todo ello, probablamente, es parte de mi propia autobiografía,
un relato más cauto, contado en tiempo presente,
con unas pocas ilustraciones toscas
y un diagrama de mi pequeño árbol genealógico,

un trabajo cuyas páginas pasan
cada día como el agua que hace girar la noria,
la única cosa que no puedo dejar de escribir,
el único libro que nunca podré abandonar.


viernes 10 de abril de 2009

AMY HEMPEL - LA COSECHA

AMY HEMPEL
LA COSECHA

El año en que comencé a decir cigarrillo en vez de cigarro, un hombre que apenas conocía casi me mata por accidente.
El hombre no estaba herido cuando el otro auto impactó con el nuestro. El hombre que había conocido por una semana me llevó en brazos por la calle de una manera que implicaba que no podía ver mis piernas. Recuerdo haber sabido que no debía ver, y sabiendo que me habría encantado ver si no fuera porque no podía.
Mi sangre estaba sobre la ropa de este hombre.
Dijo, “estarás bien, pero este suéter está arruinado”.
Grité por miedo al dolor. Pero yo no sentía dolor alguno. En el hospital, después de inyecciones, sabía que había dolor en el cuarto – sólo que no sabía de quién era.
Lo que le pasó a una de mis piernas requirió cuatrocientos puntos, los cuales, cuando me tocó contar la historia, se volvieron quinientos puntos, porque nada es tan malo como podría ser.
Los cinco días en que no sabían si podrían salvar mi pierna o no aumenté dos tallas.
El abogado fue el que usó la palabra. Pero no llegaré a eso hasta un par de párrafos más.
Estábamos teniendo esa conversación sobre las apariencias – cuán importantes son. Cruciales es lo que yo dije. Pienso que las apariencias son cruciales.
Pero este tipo era un abogado. Se sentó en una silla de vinilo acuoso cerca de mi cama. A lo que se refería con apariencias fue cuánto de mi pérdida de ellas valía en una corte.
Pude discernir que al abogado le gustaba decir corte. Me dijo que había tomado tres veces la prueba final antes de graduarse. Dijo que sus amigos le habían dado tarjetas de negocio con un bonito relieve, pero estas adorables tarjetas se suponía que dirían Abogado-afiliado, cuando en realidad decían Abogado-al-fin.
El ya había cubierto la pérdida de nuestros capitales.
“Hay otra cosa” dijo. “Tenemos que hablar de matrimonialidad”.
La tendencia era decir ¿matrimo-qué?, aunque ya sabía qué significaba al primer momento de escucharlo.
Yo tenía dieciocho años. Dije, “primero, ¿por qué no hablamos de citalidad?”
El hombre de una semana ya se había ido, el accidente lo llevó de vuelta a su esposa.
“¿Piensas que las apariencias son importantes?”, le pregunté al hombre antes de que se fuera.
“No al principio” dijo.
En mi barrio hay un tipo que era un maestro de química hasta que una explosión se llevó su cara y dejó lo que había detrás. El resto de él se viste impecablemente de trajes negros y zapatos lustrados. Lleva un maletín al campus universitario. Qué acogedora – su familia, dijo la gente – hasta que la esposa se llevó a los niños y se mudó de la casa.
En el solarium, una mujer me enseñó una foto. Dijo, “así es como mi hijo solía verse”.
Pasé mis tardes en Diálisis. Les daba igual cuando una silla reclinable estaba libre. Tenían televisores pantalla ancha de color, mejores que los que hay en Rehabilitación. Los miércoles por la noche veíamos un show donde mujeres en ropas caras aparecían en espléndidos sets y prometían arruinarse las unas a las otras.
A uno de mis lados había un hombre que sólo hablaba en números telefónicos. Le preguntarías como se siente y el diría “924-3130”. O diría “757-1366”. Tratamos de adivinar que era lo que significaban estos números, pero nadie lo daría por seguro. Hubo a veces, al otro lado, un niño de 12 años. Sus pestañas estaban gruesas y oscurecidas por medicación de presión arterial. Él era el siguiente en la lista de trasplantes, tan pronto como – la palabra que usaban era cosecha – tan pronto como el riñón fuera cosechado.
La madre del niño rezaba por conductores ebrios.
Yo rezaba por hombres que no fueran discriminadores.
¿No somos todos, pensaba, la cosecha de alguien?
La hora terminaría, y una enfermera de piso me llevaría en ruedas hasta mi cuarto. Ella diría, “¿por qué ver esa basura? ¿Por qué no mejor me preguntan cómo estuvo mi día?”.
Pasé quince minutos antes de irme a la cama apretando horquillas de goma. Uno de los medicamentos estaba haciendo que mis dedos se endureciesen. El doctor dijo que me lo daría hasta que no pudiera abotonarme la blusa – un modo de expresarse con alguien en un vestido largo de algodón.
El abogado dijo, “trabajo de caridad”.
Se abrió la camisa y me mostró donde una acupunturista le había aplicado jarabe de cola, enterrado cuatro agujas y dicho que la verdadera cura era el trabajo de caridad.
Dije, “¿Cura para qué?”.
El abogado dijo, “Inmaterial”.
Tan pronto como supe que estaría bien, me sentí segura de que estaba muerta y no lo sabía. Me movía a través del tiempo como una cabeza cortada que termina una oración. Esperaba el momento que me despertara de mi vida aparente. El accidente ocurrió al atardecer, así que en ese momento era cuando más me sentía así. El hombre que conocí la semana pasada me llevaba a cenar cuando sucedió. El lugar fue en la playa, una playa en una bahía en la que puedes mirar las luces de la ciudad, un lugar donde puedes observarlo todo sin tener que ponerle atención.
Un buen tiempo después fui finalmente a esa playa. Yo conduje el auto. Era el primer buen día de playa; vestí pantalones cortos.
Al borde de la arena me desaté las vendas elásticas y vadeé hacia la espuma. Un chico en un traje mojado miró mi pierna. Me preguntó si un tiburón lo había hecho; había vistazos de grandes blancos por esa parte de la costa.
Le dije que sí, que un tiburón lo había hecho.
“¿Y vas a volver a entrar?” preguntó el chico.
Yo dije “Y voy a volver a entrar”.
Dejo mucho afuera cuando digo la verdad. Lo mismo pasa cuando escribo una historia. Voy a empezar ahora a contarte qué es lo que he dejado fuera de “La Cosecha” y quizás empiece a preguntarme porque tuve que dejarlo fuera.
No hubo otro auto. Sólo hubo un auto, el que me impactó estando en la parte de atrás de la motocicleta del hombre. Pero piensa en las incómodas sílabas cuando dices motocicleta.
El conductor del auto era un periodista. Trabajaba para un periódico local. Era joven, un graduado reciente, e iba en camino a una reunión para cubrir una protesta. Cuando digo que en ese entonces yo era una estudiante de periodismo, es algo que podrías no haber aceptado en “La Cosecha”.
En los años que siguieron, esperé por el nombre del reportero. Él rompió con la historia del templo en People que resultó en el viaje de Jim Jones a Guyana. Luego, cubrió a Jonestown. En el cuarto ciudadano del San Francisco Chronicle, mientras el número de víctimas mortales ascendía a novecientos, los números fueron posteados como donaciones en una noche de promesas. En algún lugar de los cientos, un letrero fue pegado a la puerta que decía JUAN CORONA, CHÚPATE ESA.
En la sala de emergencias, lo que le ocurrió a mi pierna no requirió cuatrocientos puntos sino un poco más de trescientos. Exageré incluso antes de empezar a exagerar, porque es cierto – nada es nunca tan malo como podría serlo.
Mi abogado no era ningún afiliado. Era uno de los socios en una de las firmas más viejas de la ciudad. Él nunca se habría abierto la camisa para revelar el sitio de la acupuntura, que es algo que él nunca habría tenido.
Matrimonialidad era el título original de “La Cosecha”.
El daño hecho a mi pierna fue considerado cosmético aunque aún, después de quince años, me cuesta arrodillarme. En un arreglo fuera de corte antes del juicio, me dieron cien mil dólares. El seguro del auto del reportero subió doce dólares por mes.
Se había sugerido que me frotara la pierna con hielo, para resaltar las cicatrices, antes de que me subiera la falda tres años después para la corte. Pero no había hielo en los cuartos del juzgado, así que no tuve oportunidad de pasar o fallar esa prueba de ética.
El hombre de una semana, a quien pertenecía la motocicleta, no era un hombre casado. Pero cuando pensaste que tenía una esposa, ¿no era yo responsable de lo que sucedía? ¿Y no se me venía encima?
Después del accidente, el hombre se casó. La chica con la que se casó era una modelo de pasarela. (“¿Piensas que las apariencias son importantes? Le pregunté al hombre antes de que se fuera. “No en un principio”, dijo).
Aparte de ser una belleza, la chica valía millones de dólares. ¿Habrías aceptado esto en “La Cosecha” – que la modelo fuera también una heredera?
Es cierto que íbamos camino a comer cuando ocurrió. Pero el lugar donde podías observarlo todo sin tener que prestarle atención no era una playa en una bahía; fue en la cima del Monte Tamalpais. Teníamos la cena con nosotros al aproximarnos por el ondulante camino montañoso. Esta es la versión que tiene cabida para una ironía perfecta, así que no te incomodes cuando diga que por los próximos meses, desde mi cama de hospital, tuve una espectacular vista de la mismísima montaña.
Habría escrito la siguiente parte en el cuento si alguien la hubiera creído. ¿Pero quién lo habría hecho? Yo estuve ahí y no lo creí.
En el día de mi tercera operación, hubo un intento de escape en el Centro de Ajustamiento de Seguridad Máxima, adyacente a la Sentencia Perpetua, en la prisión de San Quentin. “Hermano Soledad” George Jackson, un hombre negro de veintinueve años, sacó una pistola calibre .38, gritó “¡Hasta aquí!” y abrió fuego. Jackson fue asesinado; también lo fueron tres guardias y dos “otorgadores de escalón social”, presos que les llevan a otros prisioneros sus comidas.
Otros tres guardias fueron apuñalados en el cuello. La prisión está a un paseo de cinco minutos en auto del hospital Marin General, así que ahí es donde los guardias heridos fueron llevados. La gente que los llevó eran tres tipos de policías, incluyendo Patrulleros de Carretera de California y Sheriffs del Condado de Marin, altamente armados.
Habían policías en el techo del hospital con rifles; estaban en los pasillos, invitando a pacientes y visitantes a volver a sus cuartos.
Cuando fui llevada en silla de ruedas hacia fuera de Recuperación más tarde ese día, vendada de la cintura a los tobillos, tres oficiales y un sheriff armado me registraron.
En las noticias esa noche, hubo un seguimiento del disturbio. Mostraron a mi cirujano hablándole a reporteros, indicando, con un dedo en la garganta, cómo había salvado a un guardia cosiendo de oreja a oreja.
Esto lo vi en televisión, y porque era mi doctor, y porque los pacientes de hospitales son ensimismados, y porque estaba dopada, pensaba que el cirujano estaba hablando de mí. Pensé que estaba diciendo, “Bueno, está muerta. Se lo estoy anunciando a ella en su cama”.
El psiquiatra que vi por derivación del cirujano dijo que el sentimiento era bastante común. Ella dijo que las víctimas de traumas que aún no han asimilado el trauma creen que están muertas y que no lo saben.
Los grandes tiburones blancos en las aguas cerca de mi casa atacan de una a siete personas al año. Su principal víctima es el buzo de abalón. Con los bistecs de abalón en treinta y cinco dólares el kilo y subiendo, el Departamento de Pesca y Juego espera que los tiburones no muestren ni un rastro de disminución.

martes 24 de marzo de 2009


Escribir es dejar
de ser escritor
por
Enrique Vila-Matas





Muchas veces me he visto obligado a contestar a la pregunta de por qué escribo Al principio, cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide a esa pregunta y contestaba: «Escribo para que me lean.»

Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener

Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente un escritor. Por aquellos días, yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor

Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres a los que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera pensaba estudiar -é1 tenía la callada ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que pensaba ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, y también recuerdo lo que entonces me dijo: «Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad.»

Hoy sé muy bien por qué deseaba ser como Malraux. Porque ese escritor, además de tener una expresión de hombre curtido, se había construido una leyenda de aventurero y de hombre no reñido con la vida, esa vida que yo tenía por delante y a la que no quería renunciar Lo que en esos días yo no sabía era que para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien, algo para lo que hay que armarse de valor y, sobre todo, de una paciencia infinita, esa paciencia que supo describir muy bien Oscar Wilde: «Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla.»

Todo esto lo explicó muy bien Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones cuando dijo que un día comenzó a escribir sin saber que se había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.»

Así pues, yo en esos días no sabía que para ser escritor había que escribir, y además había que escribir como mínimo muy bien. Pero es que, por no saber, ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. Por no saber, ni sabía que iba a acabar siendo escritor, pero un tipo de escritor alejado de la figura de Malraux, pues me esperaban aventuras, pero más del lado de la literatura que de la vida.

Pero escribir vale la pena, no conozco nada más atractivo que la actividad de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer. Porque es un placer y es -como decía Danilo Kis- elevación: «La literatura es elevación. No inspiración, les ruego. Elevación. Epifanía joyceana. Es el instante en que se tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos cuantos momentos privilegiados, que hay que aprovechar. Es un don de Dios o del diablo, poco importa, pero un don supremo.»

Hoy en día, con el auge de la nueva narrativa española, se dan entre nosotros dos tipos de escritores jóvenes, de escritores principiantes: por una parte, están los que no ignoran que se trata de un oficio duro y paciente, un oficio en el que se avanza en tinieblas y le obliga a uno a jugarse la vida, a arriesgar (como decía Michel Leiris) la vida como lo hace un torero; por otra parte, están los que ven en la literatura una carrera y buscan el dinero y la fama como primer objetivo de su trabajo.

No tengo alma de predicador y, además, no quiero desanimar ni a unos ni a otros, de modo que citaré de nuevo a Oscar Wilde, citaré ese consejo que le dio a un joven al que le habían dicho que debía comenzar desde abajo: «No, empieza desde la cumbre y siéntate arriba.» Gabriel Ferrater lo dijo de otra forma: «Un escritor es como un artillero. Está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco más abajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretendo ser como un autor de cuarta fila...»

Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, como muy bien se aprecia en frases como esta de Marguerite Duras: «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.»

Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse) o bien, como decía Italo Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo: «Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicará a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera. Y si una parte de la humanidad se rebelase y se negase a leer las lucubraciones de los demás, mucho mejor. Cada uno se leería a sí mismo.»

Leyendo a los otros o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bélicos y mucho en cambio para la capacidad de un hombre para respetar los derechos de otro hombre, y viceversa. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos. Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal. Se me dirá que se trata de una utopía, pero sólo en el futuro todo es posible.

martes 10 de febrero de 2009

RAYMOND CARVER



ESCRIBIR UN CUENTO
RAYMOND CARVER


Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.
Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.
Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.
Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la ÚNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.
Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.
Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Sólo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.
Hace unos meses, en el New York Times Books Review, John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá sólo resulte interesante para un puñado de especializadísimos científicos.
Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.
Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.
En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.
Tengo amigos que me cuentan que deben acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.
En un ensayo titulado "Escribir cuentos", Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:
"Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable."
Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.
Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.
Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.
Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma en el cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.
La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.

TIEMPOS REVUELTOS
Y OTRAS HISTORIAS


Amenaza tormenta. La niebla gris oscurece las cumbres a lo largo del valle. Nubes negras con pliegues y capas blancas en la superficie se acercan desde las colinas en rápidos desplazamientos, descienden hasta el valle y pasan sobre los campos y baldíos que hay frente a la casa. Dando rienda suelta a su imaginación, Farrell ve las nubes como caballos negros sobre los que cabalgan fantasmales almas en pena y, detrás, las carrozas negras girando lenta e inexorablemente, a veces un cochero con plumas blancas en el pescante. Cierra la puerta del porche y observa tras el cristal a su mujer que baja lentamente las escaleras. Se vuelve y le sonríe. Abre de nuevo y la saluda. Más tarde, ella se aleja en el coche. Vuelve a la habitación y se sienta en el sillón de cuero, bajo la lámpara de cobre. Se estira extendiendo los brazos por fuera del sillón.
La habitación está un poco más oscura cuando Iris sale del baño envuelta en una bata blanca abierta. Saca el taburete de debajo del tocador y se sienta frente al espejo. Coge con la mano derecha el cepillo blanco de plástico y comienza a peinarse con movimientos rápidos y rítmicos provocando un leve chasquido. Sujeta con la mano izquierda el cabello sobre uno de los hombros y realiza los largos, rápidos y rítmicos movimientos con la mano derecha. Se detiene un instante y enciende la lamparilla del espejo. Farrell coge una revista de fotos del aparador que está al lado del sofá y se estira para encender la lámpara golpeando sin querer el pergamino de la pantalla al buscar la cadenilla. La lámpara está unos centímetros por encima de su hombro derecho y la pantalla marrón cruje cuando la toca.
Afuera está oscuro y el aire huele a lluvia. Iris le pregunta si cerró la ventana. Mira hacia la ventana, luego al espejo, ve su propio reflejo y detrás a Iris observándole sentada frente al tocador, con otro Farrell más borroso mirando fijamente desde la ventana que ella tiene al lado. Tiene que llamar a Frank para confirmar que salen de caza mañana por la mañana.
Pasa las páginas. El cepillo se tambalea sobre la superficie del vestidor.
“¿Sabes que estoy embarazada, Lew?”, le dice.
Las páginas satinadas de la revista muestran bajo la lámpara una catástrofe natural. La fotografía de un terremoto en algún lugar del Oriente Próximo. Se ve a cinco hombres gruesos vestidos con bombachos blancos de pie ante una casa aplastada. Uno de ellos, quizá el líder, lleva un sucio sombrero blanco inclinado sobre un ojo, lo que le da un aspecto sombrío, maligno. Mira de lado a la cámara, señalando tras el revoltijo de ladrillos hacia un río o entrante de mar al otro lado de los escombros. Farrell cierra la revista y la deja resbalar al ponerse de pie.
Apaga la luz y antes de encaminarse hacia el baño, le pregunta:
“¿Qué vas a hacer?”
Sus palabras suenan secas y apresuradas como hojas arremolinándose en los oscuros rincones de la habitación. Farrell siente al instante que esa pregunta ya ha sido hecha hace tiempo en otro lugar. Entra en el baño.
El olor de Iris; un olor cálido y húmedo, ligeramente pegajoso; polvos de talco New Spring y colonia King’s Idyll. Su toalla tirada detrás del retrete. Se le han caído polvos de talco en el lavabo y forman con el agua un reguero amarillo de pasta. Lo frota con agua y lo empuja todo por el desagüe.
Se está afeitando y al mover la cara puede ver la habitación. Iris de perfil, sentada en el taburete ante la vieja cómoda. Posa la navaja y se lava la cara, luego coge la navaja otra vez. En ese momento escucha las primeras gotas de lluvia en el techo.
Un rato después apaga la luz de la cómoda y se sienta de nuevo en el sillón de cuero a escuchar la lluvia. Llega a ráfagas, golpeando a intervalos la ventana. Como el suave revoloteo de un pájaro blanco.
Su hermana ha cazado uno. Lo mete en una caja y le tira flores dentro. Agita la caja para poder oír el batir de alas, pero una mañana se la enseña y ya no se oyen las alas, tan sólo el leve arañazo que provoca el pájaro cuando mueve la caja. Se la da para que se libre de ella y él la tira con todo lo que hay dentro al río, sin querer abrirla porque empieza a oler raro. La caja es de cartón y tiene dieciocho pulgadas de largo, seis de ancho y cuatro de profundidad. Está seguro de que era una caja de galletas Snowflake porque son las que utilizaba ella con los primeros pájaros.
Corre en paralelo a la caja por el lodo de la orilla. Es una barca fúnebre y el río fangoso es el Nilo. Pronto la barca entrará en el océano, pero antes se incendiará y el pájaro blanco saldrá volando hacia las tierras de su padre donde lo espantará de entre la espesa hierba de una pradera verde, con huevos y todo. Corre por la orilla, siente el latigazo de los matojos en los pantalones, un limbo le golpea en la oreja y aún no se ha incendiado. Coge piedras sueltas y se las tira a la barca. Y entonces empieza a llover, enormes e impetuosas gotas que salpican el agua barriendo el río de lado a lado.
Farrell llevaba en la cama unas cuantas horas, no estaba seguro de cuánto tiempo. Con cuidado de no molestar a su esposa, se incorporó ligeramente apoyándose en el hombro y con los ojos entrecerrados intentó echar una ojeada al reloj de la mesita de ella. El reloj apenas estaba vuelto hacia su lado, así que, teniendo además tanto cuidado, sólo pudo ver que las manecillas amarillas marcaban las 3.15 o las 2.45.
La lluvia golpeaba contra la ventana. Se volvió de espaldas y estiró las piernas bajo las sábanas rozando el pie izquierdo de su mujer, escuchando las manecillas del reloj sobre la mesita. Se metió bajo el edredón y luego, como tenía demasiado calor y le sudaban las manos, echó hacia atrás el cobertor y pasó los dedos por la sábana, estrujándola hasta que se le secaron.
La lluvia venía por rachas, arremetiendo en oleadas y atravesando la tímida luz como miríadas de pequeños insectos amarillos que se arrojaran haciendo rizos contra la ventana.
Se dio la vuelta otra vez y se acercó a Lorraine hasta tocarle la espalda con el pecho. Durante un instante se abrazó a ella suavemente, con cuidado, extendiendo la mano por el hueco de su estómago, pasando los dedos por debajo del elástico de sus bragas, rozando el espeso penacho de vello.
Sintió una extraña sensación entonces, como si resbalara en un baño caliente y le anegaran los recuerdos sintiéndose niño otra vez. Retiró la mano, se dio la vuelta y se libró de las sábanas encaminándose al torrente de la ventana.
Una pesadilla vasta y remota la de ahí fuera. La farola parecía un demacrado y solitario obelisco desafiando la lluvia con su débil punto de luz amarilla. En la base, el lustre negro de la calle, la oscuridad acometiendo su pequeño contorno de luz. No podía ver el resto de casas, como si ya no existieran, arrasadas como en la foto que había estado mirando unas horas antes.
La lluvia iba y venía como una oscura máscara en la ventana. Anegaba los bordillos calle abajo. Se acercó hasta sentir una fría bocanada de aire en la frente al contemplar la niebla de su aliento en el cristal. Había leído que en algún sitio, se veía a sí mismo mirando las fotos, quizá en National Geographic, vivían tribus de piel cobriza que se quedaban de pie ante sus chozas contemplando la salida del sol bajo la helada. El titular decía que esa gente creía que el alma era visible en el aliento, que escupían y soplaban en las palmas de las manos ofreciendo sus almas a Dios. Su aliento desaparecía mientras lo contemplaba, dejando solamente un círculo diminuto, luego un punto y nada. Se alejó de la ventana y fue a por sus cosas.
Buscó a tientas sus botas en el armario empotrado y rastreó con los dedos las mangas de cada chaqueta hasta tocar el suave impermeable de caucho. Fue hasta el cajón por calcetines y calzoncillos largos, luego descolgó una camisa y un pantalón, lo cogió todo en una brazada y lo llevó por el pasillo hasta la cocina sin encender la luz. Se vistió y se calzó las botas antes de poner el café. Le habría gustado encender la luz del porche para Frank pero por algún motivo no le pareció bien con Iris allí en la cama. Mientras se hacía el café, preparó sándwiches y llenó los termos. Sacó una taza del armario, la llenó y se sentó cerca de la ventana para ver la calle. Encendió un cigarrillo y se puso a fumar mientras tomaba el café y escuchaba el chasquido del reloj del horno. Se derramó un poco de café, miró las gotas caer lentamente por la taza y frotó con los dedos el círculo que dejó la taza sobre la rugosa superficie de la mesa.
Está en la habitación de su hermana, ante la mesa de estudio, sentado sobre un grueso diccionario en una silla de respaldo recto. Los pies doblados bajo el asiento, los talones de los zapatos acoplados al travesaño. Cuando se apoya excesivamente sobre la mesa una de las patas se levanta del suelo y tiene que meter debajo una revista. Está haciendo un dibujo del valle en el que vive. Al principio pensó en copiar algo de uno de los libros escolares de su hermana, pero después de gastar tres hojas sin conseguir que le saliera bien, decidió dibujar el valle y su casa. De vez en cuando deja de dibujar y frota los dedos en la superficie granulosa de la mesa.
Afuera el aire de abril es todavía húmedo y fresco, ese frescor que alienta tras las tardes de lluvia. La tierra, los árboles y las montañas ya están verdes y por todas partes hay un aliento vaporoso: en los abrevaderos de los corrales, en el estanque que hizo su padre y también en las praderas, elevándose en lentas columnas que parecen lápices, cruzando por encima del río y subiendo hasta las montañas como si fuera humo. Oye a su padre gritarle a uno de los hombres y a éste soltar una maldición por detrás. Posa el lápiz y salta de la silla. Abajo, enfrente del ahumadero, ve a su padre trabajando con la polea. A sus pies hay un rollo de cuerda marrón y empuja la barra de la polea para intentar colgarla fuera del granero. Lleva en la cabeza un gorro de lana del ejército y el cuello de la vieja chaqueta de cuero levantado, dejando a la vista la lana sucia del forro. Con un último golpe a la polea se vuelve hacia los hombres. Dos de ellos, dos canadienses grandes y de mejillas coloradas que llevan unos sombreros de franela llenos de grasa, arrastran un carnero hacia donde está su padre. Lo abrazan hundiendo los puños en la lana y uno de ellos grapa con los brazos sus patas delanteras. Van hacia el granero, medio arrastrándolo, medio caminando el carnero sobre sus patas traseras. Parece una danza salvaje. A otra voz de su padre empujan al carnero contra la pared, uno de ellos lo monta a horcajadas, forzándole la cabeza hacia atrás y hacia arriba, hacia su ventana. Se fija en las grietas oscuras de sus ollares, en las gotas de mucosidad que le caen de la boca. Los vidriosos ojos de anciano se clavan en él un instante antes de intentar soltar un balido, pero el sonido se convierte en un chillido agudo cuando su padre lo interrumpe con una embestida rápida del cuchillo. La sangre sale a borbotones entre sus manos antes de que pueda moverse. En pocos minutos tienen al animal en la polea. Puede oír el monótono cran—cran—cran de la polea cuando su padre lo sube un poco más. Los hombres están sudando pero siguen con las chaquetas abotonadas hasta arriba.
Su padre lo abre en canal mientras los dos hombres cogen unos cuchillos más pequeños y empiezan a quitarle la piel empezando por las patas. Del vientre vaporoso se escurren unas tripas grises que caen a tierra formando un grueso rollo. Su padre gruñe y las carga en una caja, diciendo algo de un oso. Los hombres ríen. Escucha que alguien tira de la cadena en el baño y luego el gorgoteo del agua en el retrete. Se vuelve hacia la puerta cuando oye pasos que se acercan. Su hermana entra en la habitación exhalando un ligero vapor. Por un instante se queda paralizada a la puerta con la toalla enrollada en la cabeza, una mano sujetando los extremos y la otra sobre la manilla. Sus pechos redondos como si fueran planos, sus pezones como los rabillos de la cálida fruta de porcelana sobre la mesa del comedor. Deja caer la toalla que se desliza por el cuello tocando sus pechos y formando una pila a sus pies. Sonríe, lentamente se tapa la boca con la mano y empuja la puerta para que se cierre. Él se vuelve hacia la ventana encogiendo los dedos de los pies en los zapatos.
Farrell seguía sentado a la mesa tomando el café y fumando con el estómago vacío. Oyó el ruido de un coche, se levantó rápidamente y fue hasta la ventana del porche. El coche redujo a segunda y frenó frente a la casa para tomar despacio la curva, con el agua batiendo en los tapacubos, pero siguió adelante. Se sentó de nuevo. Apretando la taza entre los dedos, escuchó durante un rato el chasquido del reloj eléctrico del horno. Entonces vio las luces. Venían dando rápidas sacudidas a la oscuridad, como dos faroles que hacían cortas señales desde una pequeña proa. La densa lluvia, blanqueada por la luz al traspasarla, golpeaba con fuerza la calle por delante. El coche salpicó al disminuir la velocidad y descansar bajo la ventana.
Cogió sus cosas y salió al porche. Iris estaba allí, acostada bajo una pila de edredones. Buscando una excusa para hacerlo, como si hubiera un motivo y lo hiciera despreocupadamente, se arrodilló al otro lado de la cama y se vio a sí mismo avanzar a tientas hasta donde sabía que estaba ella.
No pudo evitar inclinarse sobre su silueta como si colgara suspendido en el aire, todos los sentidos relajados excepto el olfato, respirando fugazmente el olor de su cuerpo. Inclinándose un poco más hasta tocar con la cara el cobertor percibió de nuevo ese olor, durante un instante, y luego desapareció. Retrocedió y se acordó de su rifle, salió y cerró la puerta. La lluvia le flagelaba el rostro. Se sintió casi mareado al agarrar el fusil y posarlo sobre la balaustrada, apoyándose en ella. Durante un momento, mirando desde el porche hacia abajo, hacia la oscuridad rizada de la acera, se sintió como si estuviera en un puente en medio de ninguna parte, y de nuevo tuvo la misma sensación de la noche anterior, que eso ya había ocurrido con el presentimiento de que volvería a ocurrir, como ahora sabía. La lluvia le cortaba la cara, le caía por la nariz y en la boca. Frank tocó la bocina un par de veces y Farrell bajo las escaleras con cuidado de no resbalar.
“¡Menudo aguacero!”, dijo Frank. Un tipo grande. Llevaba una gruesa chaqueta acolchada con la cremallera hasta la barbilla y una gorra marrón con visera que le daba un aire siniestro de árbitro de béisbol. Movió las cosas del asiento de atrás para que Farrell pudiera poner las suyas. El agua subía de nivel en las canaletas, retrocedía en los desagües de los aleros y de vez en cuando pasaban junto a un bordillo o un patio anegados. Siguieron la calle hasta el final y giraron a la derecha tomando otra calle que les llevaría directamente a la autopista.
“Esto nos obliga a ir más despacio, qué van a hacer esos gansos sin nosotros”.
De nuevo Farrell se dejó ir y los vio, rescatándolos de la memoria, un instante en el que la niebla había llegado a helar las rocas y estaba tan oscuro que podía ser medianoche o el final de la tarde. Se acercan volando a poca altura por el barranco, en silencio, saliendo repentinamente de la niebla, como espectros, batiendo alas sobre su cabeza. Salta para intentar separar del grupo al más cercano mientras quita el seguro pero se atasca y el dedo enguantado permanece encorvado en la guarda, presionando el gatillo cerrado. Vinieron hacia él, saliendo de la niebla por el barranco, sobre su cabeza. En largas filas, regañándole. Así había ocurrido hace tres años.
Se quedó mirando los prados húmedos captados por las luces del coche pasando al lado y quedándose atrás. El limpiaparabrisas chirriaba de un lado a otro. Iris suelta el pelo sobre el hombro con la mano izquierda mientras coge el cepillo con la otra. Inicia un movimiento rítmico alisando la melena con un leve chasquido al pasar el cepillo, una y otra vez, arriba y abajo. Le acaba de decir que está embarazada.
Lorraine ha ido a una exposición. Él tiene aún que llamar a Frank para confirmar la jornada de caza. La fotografía en papel satinado de la revista que tiene en su regazo muestra la escena de un desastre natural. Uno de los tipos de la foto, el líder evidentemente, señala una extensión de agua. “¿Qué vas a hacer?” Se vuelve y va hacia el baño. Una toalla detrás del retrete, el olor a polvos de talco New Spring y a colonia King’s Idyll. Hay un círculo amarillo de polvos talco en el lavabo que frota con agua antes de afeitarse. Mientras se afeita puede verla cepillándose el pelo en la sala. Cuando ya se ha lavado y secado la cara, al coger de nuevo la navaja, golpean en el tejado las primeras gotas de lluvia.
Miró el reloj del tablero de instrumentos pero estaba parado.
“¿Qué hora es?”
“No te fíes de ese reloj”, le dijo Frank levantando el pulgar del volante para señalar el gran reloj de números amarillos que sobresalía del tablero. “Está parado. Son las seis y media. ¿Te dijo tu mujer que tenías que estar en casa a una hora?”, le preguntó sonriendo.
Farrell negó con la cabeza pero Frank no lo vio. “No, sólo quería saber la hora”. Encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás en el asiento, mirando la lluvia a través de las luces de los coches, salpicando el parabrisas. Conducen desde Yakima, van a recoger a Iris. Comenzó a llover cuando llegaban a la autopista Columbia River y al cruzar Arlington es ya un torrente.
Parece que avanzaran por un túnel oblicuo. Ruedan por el asfalto envueltos en la opacidad de los grandes árboles inclinados sobre el coche, el agua cayendo en cascadas por delante. Lorraine extiende el brazo por el respaldo del asiento, su mano se posa levemente en el hombro izquierdo de él. Está sentada tan cerca que puede sentir su pecho izquierdo alzarse con la respiración. Ha intentado sintonizar algo en la radio pero hay demasiada interferencia.
“Se puede poner una cama en el porche y que se instale allí”, dice Farrell sin levantar la vista de la carretera. “No estará mucho tiempo”.
Lorraine se vuelve hacia él inclinándose un poco en el asiento. Posa la mano libre en su pierna. Con los dedos de la otra mano le acaricia el hombro y apoya la cabeza contra él. Un rato después, le dice:
“Tú eres solo mío, Lew. Odio tener que compartirte con alguien aunque sea poco tiempo. Aunque sea tu propia hermana”.
Va dejando de llover y los árboles apenas se inclinan.
Farrell alza la vista y mira la luna, en creciente, afilada y pálida, brillando entre nubes grises. Dejan atrás el bosque y las curvas para entrar en un valle que se abre al río del fondo. Ha dejado de llover y el cielo es una alfombra negra en la que han esparcido puñados de estrellas.
“¿Cuánto tiempo se quedará?”, le pregunta Lorraine.
“Un par de meses. Tres como mucho. Tiene que volver a su empleo en Seattle antes de Navidad”. Siente el estómago revuelto. Enciende un cigarrillo. Expulsa el humo por la nariz y lo empuja por la ventanilla.
El cigarrillo comenzaba a picarle en la punta de la lengua, abrió la ventanilla y lo tiró. Frank dejó la autopista para avanzar ahora sobre un firme resbaladizo que les llevaría al río. Estaban en la región del trigo. Grandes extensiones de trigo se extendían hacia el oscuro esbozo de las colinas, interrumpidas aquí y allá por fangosas porciones de terreno que parecían mantequeras por las pequeñas bolsas de agua. El año que viene se cosecharán y en verano el trigo estará tan alto que les llegará hasta la cintura, siseando y meciéndose cuando sople el viento.
“Es una vergüenza, toda esta tierra sin grano la mayor parte del tiempo y tanta gente sin nada que llevarse a la boca”, dijo Frank meneando la cabeza. “Si el gobierno no metiera la mano en los cultivos la maldita vista sería mejor”.
El firme de la carretera acababa en un saliente lleno de baches y el coche empezó a saltar por una carretera elástica y ponzoñosa hacia las colinas que se veían a lo lejos.
“¿Has visto morirse de hambre a alguien, Lew?”.
“No”.
El cielo encanecía. Farrell observaba los campos de rastrojo teñirse de un falso amarillo. Alzó la vista por la ventanilla y las nubes se fragmentaban y se deshacían en múltiples pedazos.
“Parece que va a dejar de llover”.
Fueron hasta el final, al pie de las colinas. Luego giraron y avanzaron por el borde de los cultivos siguiendo las colinas hasta que llegaron al cañón. Más allá, al fondo del acanalado de piedra, se extendía el río, la orilla más alejada cubierta por un banco de niebla.
“Ha dejado de llover”, dijo Farrell.
Frank maniobró en una pequeña hondonada rocosa y dijo que aquél era un buen sitio. Farrell cogió su escopeta y la apoyó contra el guardabarros de atrás para sacar las cartucheras y otra chaqueta. Cogió la bolsa de papel con los sándwiches y apretó los termos con las manos para sentir el calor. Se alejaron del coche sin hablar y caminaron a lo largo del cerro para luego bajar por uno de los pequeños valles que se abrían al cañón. La tierra estaba tachonada aquí y allá de roca afilada o matas negras que goteaban.
El suelo se ablandaba bajo los pies, tiraba de sus botas a cada paso y hacía un ruido succionador cuando las levantaba. Llevaba la cartuchera en la mano derecha, sujeta por la correa, balanceándola como si fuera un tiragomas. Sintió en la cara la brisa húmeda que venía del río. Los pequeños farallones que daban al río estaban profundamente acanalados por ambos lados, recortados en la roca dejando salientes como planchas que señalaban la altura del agua hace miles de años. En los salientes se amontonaban pilas de troncos blancos pelados e incontables trozos de madera que parecían huesos de algún pájaro gigante. Farrell intentó adivinar por dónde habían aparecido los gansos tres años antes. Se detuvo justo donde la colina empezaba a bajar hacia el cañón y apoyó la escopeta en una roca. Cogió matas y piedras que tenía a mano y bajó hacia el río recogiendo también restos de madera para hacer un escondite.
Se sentó sobre el impermeable con la espalda apoyada en un grueso arbusto y la barbilla en las rodillas, mirando los huecos azules del cielo al desplazarse las nubes. Los gansos estaban graznando bajo la niebla en la otra orilla. Se relajó, encendió un cigarrillo y se quedó mirando el humo que de repente salía de su boca. Esperaría a que saliera el sol. Son las cuatro de la tarde. El sol acaba de ocultarse tras unas nubes grises dejando el coche bajo una sombra enana que le sigue mientras lo rodea para abrirle la puerta a su mujer. Se besan.
Iris y él quedan en volver a recogerla, exactamente, dentro de una hora y cuarenta y cinco minutos. Tienen que ir a la ferretería y luego al supermercado. Volverán a recogerla a las seis menos cuarto. Se sienta al volante de nuevo y, mirando a ambos lados, se adentran lentamente en el tráfico. En la avenida que sale de la ciudad se encuentran todos los semáforos en rojo, luego gira a la izquierda para tomar la carretera secundaria, acelera a fondo y los dos se van un poco hacia atrás en sus asientos. Son las cuatro y veinte. Giran en diversos cruces y avanzan por una carretera con huertos a ambos lados. Sobre las copas de los árboles se divisan unas colinas bajas y, al fondo, las montañas coronadas de blanco. La hilera de árboles provoca sombras que oscurecen el arcén y que avanzan delante del coche. El boj forma hileras blancas que señalan los lindes de cada huerto, apiñándose contra los árboles. Hay escaleras apoyadas en las horcaduras de los árboles. Frena y se detiene en el arcén. Iris sólo tiene que abrir la puerta para alcanzar la rama de uno de los árboles. La rama raspa la puerta cuando la suelta. Las manzanas son grandes y amarillas. Le chorrea entre los dientes cuando muerde una.
Cuando se termina la carretera, siguen por un camino lleno de polvo que llega hasta las colinas, hasta donde se acaban los huertos. Todavía podrían alejarse más tomando la carretera que avanza paralela al canal de riego. El canal está vacío y los bordes empinados tan sucios y tan secos que se desmigajan. Cambia a segunda. La carretera va cuesta abajo, hay que conducir despacio, con cuidado. Detiene el coche bajo un pino, al lado de la compuerta que conduce el agua hasta una artesa circular de cemento. Iris estira la mano y la posa en su pierna. Está oscureciendo. Sopla el viento. Escucha el crujido de las copas de los árboles. Sale del coche y enciende un cigarrillo. Camina hasta el borde de la colina para ver el valle. El viento arrecia; el aire es más frío. La hierba es rala, con alguna flor bajo sus pies. El cigarrillo hace una leve espiral roja cuando vuela sobre el valle. Son las seis en punto.
El frío era intenso. Entumecía los dedos de los pies y se abría camino por las pantorrillas hacia las rodillas. También sentía las manos rígidas de frío aunque las tuviera en los bolsillos. Quería esperar a que saliera el sol. Unas nubes enormes tomaban diversas formas al dispersarse sobre el río. Al principio apenas lo notó, una especie de hilera negra avanzando entre las nubes más bajas. Cuando la tuvo al alcance de la vista creyó que era una nube de mosquitos cerrando filas ante sus ojos y luego le pareció una grieta oscura abriéndose entre cielo y tierra. Se volvió hacia él girando sobre las colinas del fondo. Estaba asustado, pero intentaba mantener la calma. El corazón le latía en las sienes, quería correr pero apenas se podía mover, como si llevara piedras en los bolsillos. Intentó ponerse al menos de rodillas pero el matorral en el que se apoyaba le dañó el rostro y bajó la cabeza. Le temblaban las piernas, intentó estirar las rodillas. Las piernas se le entumecían cada vez más, hundió la mano en el suelo moviendo los dedos, extrañado de su calidez. Entonces oyó el suave graznido de los gansos y el zumbido de sus alas al moverse. Sus dedos buscaron el gatillo. Oyó su réplica inmediata, irritados, provocando una estridente sacudida hacia arriba cuando le vieron. Farrell ya estaba de pie, apuntando a un ganso y luego a otro, y de nuevo al anterior, así hasta que se disolvieron rompiendo filas hacia el río. Disparó una vez, dos, y los gansos seguían volando, en plena algarabía, disgregándose y alejándose de la zona de tiro, sus humildes siluetas difuminándose entre las ondulantes colinas. Disparó una vez más antes de caer de rodillas con la vista nublada. Tras él, un poco a la izquierda, escuchó el eco de los disparos de Frank retumbando por todo el cañón como el chasquido de un latigazo. Le confundió ver que salían más gansos del río, sobrevolaban las bajas colinas y tomaban altura hacia el cañón, volando en formaciones en V sobre la cima y los sembrados.
Volvió a cargar la escopeta con cuidado, apoyando el cañón en la hierba, la culata en las costillas, provocando un chasquido hueco al meter los casquillos en la recámara. Seis harían el trabajo mejor que tres. Quitó rápidamente el taco del cañón y guardó el resorte espiral y el taco en el bolsillo. Oyó a Frank disparar otra vez y, de pronto, pasó a su lado una bandada que no había visto. Cuando los estaba mirando se dio cuenta de que venían otras tres más abajo. Esperó a que estuvieran a su altura, meciéndose en el aire a unas treinta yardas de la colina, moviendo levemente la cabeza de derecha a izquierda, los ojos negros y brillantes. Cuando pasaban a su lado, se irguió apoyando una rodilla en el suelo y les dio ventaja, acosándoles un instante antes de que se abrieran. El que estaba más cerca se contrajo y cayó al suelo en picado. Disparó de nuevo cuando regresaban, viendo al ganso detenerse como si hubiera chocado con una pared, aleteando contra ella para intentar traspasarla sin dar la vuelta, agachando la cabeza, las alas hacia fuera, en lenta espiral hacia abajo. Vació el cargador en el tercer ganso cuando casi ya no lo tenía a tiro y lo vio detenerse al quinto disparo, quedándose casi quieto tras una rápida sacudida de la cola, pero aleteando aún. Durante un buen rato estuvo viéndole volar cada vez más cerca del suelo hasta que desapareció tras uno de los cañones.
Farrell puso cabeza abajo los dos gansos dentro del escondite y acarició su vientre blanco y liso. Eran gansos canadienses, graznadores. A partir de ahora ya le daría igual si los gansos volaban muy alto o salían de más abajo, de cerca del río. Se sentó contra el arbusto y encendió un cigarrillo viendo girar el cielo sobre su cabeza. Un poco más tarde, quizá al principio de la tarde, se durmió. Se despertó entumecido, sudando en frío. El sol se había puesto, el cielo era un grueso sudario gris. Podía oír el graznido de los gansos al marcharse, dejando tras de sí aquellos ecos agudos y extraños por todo el valle, pero no podía ver nada que no fueran las húmedas colinas negras cubiertas en la base por una niebla que tapaba el río. Se frotó el rostro con las manos y empezó a tiritar. Se puso de pie. Podía ver avanzar la niebla envolviendo las colinas y el cañón, ovillándose en el suelo. Sintió el aliento del aire húmedo y frío alrededor, palpándole la frente, las mejillas, los labios. Se abrió paso a tientas y comenzó a subir la colina. Se quedó de pie junto al coche y tocó la bocina en una ráfaga continua hasta que Frank llegó corriendo y le apartó el brazo de la ventanilla. “¿Qué te pasa? ¿Estás loco o qué?” “Tengo que ir a casa, ya te lo dije”. “Joder, vale. Entra, por Dios. Entra”. A no ser por un par de preguntas que hizo Farrell antes de abandonar la región del trigo, permanecieron todo el rato en silencio. Frank llevaba un cigarrillo entre los dientes, sin quitar la vista de la carretera. Cuando atravesaron los primeros parches de niebla a la deriva encendió las luces del coche. Al entrar en la autopista la niebla se levantó y las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el parabrisas. Tres patos pasaron volando frente a las luces del coche y fueron a posarse en un charco al lado de la carretera. Farrell pestañeó.
“¿Has visto eso?”, pregunto Frank.
Farell asintió.
“¿Cómo te encuentras ahora?”
“Estoy bien”.
“¿Cazaste alguno?”
Farrell se frotó las manos y entrelazó los dedos, luego las apoyó en el regazo. “No, supongo que no”.
“Vaya. Te oí disparar”. Cambió el cigarrillo de lado e intentó fumar, pero se había apagado. Lo mascó durante un rato, luego lo dejó en el cenicero y miró de reojo a Farrell.
“No es asunto mío, desde luego, pero me parece que algo te preocupa en casa…Mi consejo es que no te lo tomes demasiado en serio. Aún vivirás mucho, no tienes canas como yo”. Tosió, se rió. “Ya sé, me solía pasar lo mismo. Recuerdo…”
Farrell está sentado en el sillón de cuero bajo la lámpara de cobre observando a Iris desenredar el pelo. Tiene una revista sobre las piernas cuyas páginas satinadas están abiertas en la escena de un desastre natural, un terremoto en alguna parte del Oriente Próximo. A no ser por la pequeña luz del tocador, la habitación está a oscuras. El cepillo se mueve con rapidez por el pelo de Iris, largos movimientos rítmicos que causan un ligero chasquido. Todavía tiene que llamar a Frank y confirmar que se van de caza al día siguiente. Entra un aire frío y húmedo por la ventana de al lado. Ella deja el cepillo sobre el borde del tocador. “Lew”, dice, “¿Sabes que estoy embarazada?”
El olor del baño le marea. Su toalla tirada tras el retrete. Le han caído polvos de talco en el lavabo. Al mojarse se convirtieron en un reguero amarillo de pasta. Lo frota y lo empuja todo por el desagüe.
Se está afeitando. Al mover la cara puede ver la salita.
Iris de perfil sentada en el taburete frente al viejo tocador. Se alisa el pelo. Posa la navaja y se lava la cara, luego la coge de nuevo. En ese instante escucha las primeras gotas de lluvia en el tejado…
La lleva en brazos afuera, al porche. Le vuelve la cabeza hacia la pared y la cubre entera con el edredón. Vuelve al baño, se lava las manos y arroja la toalla empapada de sangre en el canasto de la ropa. Un rato después apaga la luz del tocador y se sienta de nuevo en su sillón junto a la ventana, escuchando la lluvia.
Frank se rió.
“Así que no pasó nada, nada en absoluto. Nos va bien después de eso. La típica trifulca de siempre, pero cuando se dio cuenta de quién llevaba los pantalones, no hubo más problema”. Le dio a Farrell un toque amistoso en la rodilla.
Avanzaban por los arrabales de la ciudad, pasando ante la larga fila de moteles con sus letras de neón intermitentes, ante los cafés de ventanas humeantes, los coches agrupados frente a la puerta, y ante los pequeños negocios de barrio, cerrados y a oscuras hasta el día siguiente. Frank giró a la derecha, en la siguiente a la izquierda y ya estaban en la calle de Farrell. Frank entró detrás de un coche blanco y negro que ponía en pequeñas letras blancas pintadas en el maletero SHERIFF’S OFFICE. A través de las luces de su propio coche, pudieron ver la alambrera que separaba el asiento de atrás como una jaula. El vaho salía del capó de su coche y se mezclaba con la lluvia.
“Puede que te busquen a ti, Lew”. Comenzaba a abrir la puerta cuando se rió entre dientes. “Puede que se hayan enterado de que cazas sin licencia. Vamos, te llevaré a mi casa”.
“No, tú sigue, Frank, todo irá bien. Estaré bien, déjame salir”.
“¡Ah, ya sabías que venían a verte! Espera un momento, toma tu escopeta”. Bajó la ventanilla y le pasó el arma a Farrell. “Parece que nunca va a dejar de llover”.
“Ya”.
Todas las luces de la casa estaban encendidas y unas siluetas empañadas permanecían frente a la ventana mirando la lluvia. Farrell permaneció detrás del coche del sheriff apoyado sobre la aleta lisa y húmeda. La lluvia le caía sobre la cabeza y le bajaba por el cuello. Frank se alejó unos metros y luego se detuvo, mirando hacia atrás. Farrell estaba apoyado en la aleta, columpiándose levemente, la lluvia cercándole.
El agua salió a chorros del badén sobre sus pies, formando un remolino en la rejilla del desagüe de la esquina y precipitándose al centro de la tierra.

lunes 9 de febrero de 2009

CESAR VALLEJO



CESAR VALLEJO

LOS HERALDOS NEGROS


Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

BORDAS DE HIELO

Vengo a verte pasar todos los días,
vaporcito encantado siempre lejos...
Tus ojos son dos rubios capitanes;
tu labio es un brevísimo pañuelo
rojo que ondea en un adiós de sangre!
Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
la estrella de la tarde partirá!
Las jarcias; vientos que traicionan; vientos
de mujer que pasó!
Tus fríos capitanes darán orden;
y quien habrá partido seré yo...

PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

EPISTOLA A LOS TRANSEUNTES

REANUDO mi día de conejo
mi noche de elefante en descanso.
Y, entre mi, digo:
ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros
éste es mi grato peso,
que me buscará abajo para pájaro
éste es mi brazo
que por su cuenta rehusó ser ala,
éstas son mis sagradas escrituras,
éstos mis alarmados campeñones.
Lúgubre isla me alumbrará continental,
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.
Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos,
éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
éste ha de ser mi cuerpo solidario
por el que vela el alma individual; éste ha de ser
mi hombligo en que maté mis piojos natos,
ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.
En tanto, convulsiva, ásperamente
convalece mi freno,
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;
y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo,
convalesco yo mismo, sonriendo de mis labios.

TRILCE

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aún sin nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
-Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. -¿Esta? - No; su hermana.
-No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
-do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.